UN MÁRTIR EN EL CAMINO

caminodesantiago

Arturo Macías, afamado escritor de novela histórica, atraviesa solitario la senda del Camino de Santiago que une las localidades gallegas de Portomarín y Palas de Rei.

Pertrechado con la indumentaria básica del peregrino: bordón con punta de metal, vieira fija a su sombrero y morral a los hombros, camina pensativo: su editor le ha dado de plazo hasta el fin del verano para presentar el manuscrito de su próxima novela —que tiene pactada por contrato— y aún no tiene ni la más remota idea sobre qué escribir.

Ha pensado que tal vez podría narrar una historia sobre la vida monástica en los templos de la España medieval. Por ello ha decidido hacerse peregrino por unos días y visitar las múltiples iglesias románicas esparcidas por el Camino con el fin de documentarse, amén de para oxigenar la mente y desconectar de su rutina.

Una voz destemplada interrumpe el curso de sus pensamientos:

—¡Eh, oiga! ¡Espere! ¡Espere!

Arturo la reconoce enseguida, pero hace caso omiso y prosigue la marcha. Se trata de otro peregrino, un hombre rechoncho envuelto en una sotana al que ha conocido la noche previa y a quien ha calificado para sí de auténtico pelmazo.

El religioso corre apurado al encuentro del escritor.

—¡Oiga, señor Arturo! ¡Espere! ¡Espere por favor!

Al sentirse nombrado, Arturo no puede seguir fingiendo; detiene la marcha y se vuelve, sin ocultar su contrariedad.

El molesto personaje termina de recorrer el trecho que lo separa de él y se detiene a su lado, aún jadeando.

Arturo lo mira extrañado.

—¿Es que no me recuerda? Soy yo, Telmo, el seminarista —dice el recién llegado—. Nos conocimos anoche en el albergue.

—Ah, el de los ronquidos —responde Arturo sin disimular su desencanto.

El seminarista ríe campechano.

—Mi madre dice que es porque duermo boca arriba. Ha intentado mil y un ensalmos para que deje de hacerlo, porque hasta altero el sueño de las gallinas; pero ni con ayuda del diablo lo ha conseguido la pobre.

—Sus ronquidos despertarían a un muerto –responde Arturo lacónico, tras lo cual prosigue su marcha.

El seminarista lo sigue.

—No se preocupe, en cuanto lleguemos al próximo albergue le prestaré mis tapones; sólo los he usado una vez, pero creo que no me harán falta. Dios nos da a veces lo que no necesitamos para cedérselo a otros y probar así nuestra bondad.

—¿Qué quiere decir con eso de “cuando lleguemos”?

—Usted y yo; porque caminaremos juntos, ¿verdad?

—Pues, lo cierto es que tenía otros plan…

—Sería tontería no hacerlo. Al fin y al cabo, vamos todos en la misma dirección, a Santiago, a conseguir la compostela que nos conceda la indulgencia a nuestros pecados. Aquí todos somos hermanos y siervos de Dios, ¿no le parece?

—Le digo que no se moleste en acompañarme, no será necesario.

—No es bueno viajar solo, ¿sabe? Créame, soy gallego y conozco estos contornos. ¿No ha oído hablar de las leyendas del Camino? ¿De peregrinos desaparecidos misteriosamente de los que nunca se supo más?

—¿Leyendas? ¿Qué leyendas?

—¿No ha oído hablar de la bruja Ximena, que cambia las señales del Camino para desorientar a los peregrinos y desviarlos hacia su morada para desvalijarlos y hacer ritos satánicos con su sangre? —Telmo se santigua y besa su crucifijo tras oírse mencionar a Satán.

—¿La bruja Ximena? La verdad es que no, no he oído hablar de ella.

—¿No cree en las meigas?

—No demasiado, la verdad.

—Pues haberlas haylas. Pero no se preocupe, que conmigo estará a salvo. No encontrará mejor guía que yo si se pierde por estos parajes. Y no me refiero sólo a guía del Camino, también seré su guía espiritual por si se aleja de la buena senda. Qué mejor que un futuro sacerdote para orientar el alma de un fiel devoto, ¿verdad que sí?

Arturo responde mientras maquina cómo librarse de compañía tan inoportuna:

—Verá, yo no soy precisamente demasiado creyente, que digamos…

—¿Quiere que hagamos una apuesta? Yo le aseguro que, antes de llegar a Santiago, haré de usted un nuevo creyente que engrosar las huestes del Señor.

—Mire, aprecio mucho su interés —responde Arturo tratando de ser diplomático—, pero, como le dije anoche en el albergue, prefiero viajar en soledad. Verá, yo…

—Ya lo sé, ya lo sé. Ya me dijo que es usted un escritor de novelas y que necesita estar solo para inspirarse en su próximo libro.

—Eso es. —Arturo intenta sonar contundente.

—Haremos una cosa: completaremos la jornada de hoy, y, si al llegar a nuestro destino sigue prefiriendo estar solo, dejaré que me dé una patada en el culete y dejaré de molestarlo, ¿qué le parece?

—Yo no podría hacer eso…

—Tranquilo, no tendrá usted necesidad. Ya verá cómo llegamos juntos a Santiago y hago de usted un cristiano renovado y preparado para recibir la compostela. Tal vez ésa sea la misión que me ha encomendado Dios al emprender el Camino.

—Verá, le repito que no hace falta que…

—Ya, ya me lo ha dicho: que necesita soledad para concentrarse. Por mí no se preocupe; le prometo que no abriré la boca en todo el trayecto. En el seminario nos inculcan el voto de silencio y nos podemos pasar horas sin decir ni mu ¿sabe? Lo de estarse callado no es problema para mí, claro que no. Dios sabe que no. No hay cosa más molesta que esos tipos que no saben cuándo callar por muchas indirectas que se les lance; pero, en fin, todos somos hijos de Dios y hemos de ser indulgentes. Son pruebas que nos pone Dios en el camino para medir nuestras fuerzas y nuestra fe, ¿no opina igual, señor Arturo?

Arturo piensa que, en cualquier otra situación, ya se habría deshecho de compañía tan molesta y por medios poco corteses. Pero tampoco es cuestión de esgrimir su mal humor de escritor bloqueado en mitad de tan sacro trayecto, no vaya a ser que los demonios se conjuren en su contra. Además, intuye que el tal Telmo pueda contarle alguna fábula que le sirva de inspiración a su novela. O tal vez sea el propio seminarista quien le sirva como modelo para uno de sus personajes. Al fin y al cabo, el hombre es todo un individuo.

Así que Arturo claudica en sus pretensiones y acepta su compañía. Eso sí, en cuanto lleguen a la próxima población piensa darle esquinazo.

camino

El silencio del religioso dura menos de un minuto:

—¿De qué tratará?

—¿El qué?

—Su novela. ¿Sobre qué piensa escribir?

—Aún no lo tengo decidido; pero quiero visitar todas las iglesias posibles, a ver si consigo inspirarme.

—¿De verdad? Conozco una ermita no muy lejos de mi aldea; mañana pasaremos cerca. Está algo apartada del camino; si quiere puedo llevarlo hasta ella.

—¿Mañana, dice? —Arturo vacila, pero finalmente acepta el ofrecimiento ya que al día siguiente piensa haberse deshecho del seminarista—. Muy bien; es usted muy amable, Telmo.

Durante el trayecto, que transcurre entre bosques de eucaliptos y caminos pedregosos, el futuro presbítero le cuenta su vida en el seminario. Que el próximo será su año de pastoral —último de su formación como seminarista que habrá de cumplir en una parroquia lejos de su casa— y que le dará “morriña” tener que abandonar a su buena madre, una mujer mayor y achacosa que apenas puede valerse por sí misma y a la que mucho le ha costado tener que dejar sola estos días que estará en el Camino.

“Qué se le va a hacer; no podía ignorar la llamada del Señor —revela el religioso—. Por suerte, mañana pasaremos cerca de mi hogar y podré detenerme a saludarla.”

—¿Y usted? ¿Está casado o tiene hijos? —se interesa el seminarista.

—No, no tengo ni pienso tenerlos nunca —responde Arturo a regañadientes, pues una de las cosas que más detesta es hablar de su vida privada.

—No es bueno que el hombre esté solo. Si un hombre no se ordena, debería cumplir al menos con el sacramento del matrimonio. Dios se lo recompensaría de algún modo.

—Se ve que hay personas que hemos nacido para estar solas —le responde Arturo con segundas.

—¿Sabe alguien que está aquí?

Telmo le sonsaca que nadie se ha enterado de que Arturo se ha tomado unos días parar realizar el Camino.

—¡Dios mío, las doce! —exclama de pronto el seminarista tras consultar su reloj.

—¿Qué ocurre a las doce? —pregunta Arturo alarmado.

—Cómo que qué ocurre, que es la hora del ángelus.

Telmo se arrodilla a una orilla del camino y comienza a entonar sus oraciones.

Arturo se arrepiente entonces de haber aceptado su compañía y de no haberse mostrado más inflexible. Aún quedan varias horas de jornada y piensa que tal vez no aguante al seminarista hasta llegar al albergue.

Casualmente, avista a un grupo de peregrinos coreanos detenidos en mitad del camino que consultan un mapa con gesto desorientado.

peregrinos

Arturo se acerca a ellos mientras Telmo completa sus oraciones.

—¿Necesitan ayuda, amigos?

Aunque ninguno de ellos habla castellano, Arturo entiende por su manera insistente de señalar el mapa que pretenden desviarse hacia Ventas de Narón, localidad cercana con mucha historia que no quieren dejar de visitar.

Telmo se une al grupo y Arturo aprovecha para encasquetárselo a los coreanos.

—Están de suerte, amigos, porque este buen seminarista estará encantado de ayudarlo —les dice en un inglés macarrónico que ni él mismo entiende.

Tampoco los coreanos parecen hacerlo, pues uno de ellos le ofrece fuego cuando termina de hablar.

Así y todo, Arturo logra su propósito.

—¡Buen Camino, amigo! —se despide del seminarista apurando el paso.

—¡Espere! No vaya al albergue público, que está lleno de chinches. Vaya al de Abrigadoiro, es el mejor; lo veré allí —le dice Telmo sin perderlo de vista.

—De acuerdo.

La mentira brotada de sus labios hace a Arturo esbozar una sonrisa.

Lo cierto es que no siente remordimiento alguno, al contrario: se ha librado al fin del lastre que lo amargaba y ahora puede disfrutar del trayecto como había ansiado, sin compañías molestas. Sus pies también lo notan, pues parecen caminar más ligeros.
Arturo apura la marcha y en menos de una hora llega a Palas de Rei, municipio de la provincia de Lugo a apenas tres jornadas de Santiago de Compostela.

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Al ver el albergue mencionado por el seminarista, Arturo pasa de largo y corre a hospedarse en el albergue público, atestado de peregrinos sudorosos en busca de una cama en la que reposar.

Una vez localiza su litera, comprueba que lo que le ha dicho Telmo es cierto: los chinches campan a sus anchas y rebotan sobre el jergón. “En fin —se dice con resignación—; mejor que te chupen la sangre a que te absorban la energía.”

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Seguidamente, deja su morral sobre su cama y pasa a las duchas.

Cuando regresa a la litera, observa que alguien descansa sobre la cama superior; un peregrino bastante rechoncho, a juzgar por cómo hace hundirse el somier bajo el colchón, si bien no puede verle la cara.

Sin prestarle mayor atención, Arturo se sienta en su cama y comienza a calzarse.

—¿Cree que necesitará los tapones esta noche? —oye que le dice su compañero de litera.

Arturo reconoce su voz al instante.

—¡Usted! ¿Cómo me ha encontrado?

La sorpresa del escritor hace a Telmo partirse de la risa.

—¡Muy fácil! Pregunté por usted en el albergue de Abrigadoiro, pero no tenían registrada su llegada. Lo busqué entonces por los otros cuatro albergues del municipio hasta que di con usted. Aquí las camas son más estrechas y están llenas de chinches; por eso le aconsejé hospedarse en el otro albergue.

—Fui pero… no había plazas libres.

—Es curioso… Cuando llegué yo me dijeron que aún había, y eso que debí llegar más tarde que usted —medita el seminarista realmente confundido.

—Oiga, Telmo: creo que ya lo he aguantado bastante, ¿sabe? No quiero parecer descortés, pero empieza usted a incordiarme. Le he dejado bastante claro que no necesito su compañía, ni necesito a un pastor que me guíe por el Camino ni que guíe mi alma, ni nada parecido, pero usted parece no comprender.

—Está usted muy cansado del viaje, por eso habla así. Haremos una cosa: descansaremos; ya verá como mañana lo ve todo de otro color.

—No, no, no. No haremos ni veremos nada. Yo iré por mi lado y usted por el suyo, ¿entiende?

—Está usted muy raro. ¿No dijo que quería que lo llevase mañana hasta la ermita aquélla que quería visitar?

La salida del eclesiástico hace que Arturo se tenga que comer sus palabras. Además, su mal humor no ha pasado por alto al resto de peregrinos, en especial a un grupo de vascos que lo observan con el ceño fruncido. Arturo lo advierte. Advierte que ha quebrantado el código de hermandad del Camino, un acuerdo tácito por el que los peregrinos se comprometen a ofrecerse ayuda mutua y socorro.

Cambia entonces de estrategia:

—Está bien, ya veremos mañana.

—¡Qué feliz me hace! Se nota que el espíritu del Camino empieza a inundar su corazón de bondad y buenos sentimientos. ¿A qué hora nos levantaremos mañana?

—A las… 8:00 —miente Arturo por tercera vez.

—¿No le parece que es un poco tarde? El sol de mediodía nos pillará a mitad de camino.

—Comprenda que estoy realmente cansado y que necesito dormir.

—Está bien, haré ese sacrificio por usted. Tome, mis tapones por si ronco; aunque no se preocupe, le rezaré a san Eutiquio, patrón de los dormilones, para que eso no ocurra. Que tenga usted buena noche, señor Arturo.

De madrugada, los ronquidos del seminarista mantienen en vela al sufrido escritor, que se consuela con la esperanza de que al día siguiente todo habrá terminado.

Antes de que la aurora claree el cielo Arturo se pone en pie, con cuidado de no hacer ruido para no despertar a su compañero, y se dispone a partir. Ni siquiera se detiene a desayunar para no dar ocasión a que el seminarista lo descubra.

Sin embargo, apenas se ha alejado unos pasos del albergue cuando su voz resuena a sus espaldas:

—¡Eh, oiga, espere! —Telmo corre hacia él mientras termina de abrocharse la sotana—. Qué prisa tiene usted, carallo. No se apure en llegar a Santiago que habrá compostelas para todos.

Arturo se muestra tan incrédulo que no acierta a responder. Se siente entonces acometido de unas ganas atroces de increpar a su rival y tratarlo a empujones, pero justo en ese momento el grupo de peregrinos vascos cruza por el camino y se contiene.

—¡Buen Camino, amigos! —les desea Telmo con jovialidad.

Arturo echa a andar en silencio, seguido por el seminarista, quien intenta enlazar ocurrencia tras ocurrencia para amenizar el trayecto, pero Arturo no está de humor. Mientras camina, piensa que más le valdría escribir un relato sobre un acosador del Camino del que no puede librarse hasta llegar a Santiago, donde habrá de arrojarlo a la Montaña de Fuego, en vez de narrar la historia sobre monasterios medievales que tenía pensado.

En vista de las pocas ganas de conversar que muestra su compañero, Telmo decide guardar silencio, hasta que llegan a una bifurcación en mitad del bosque y ve que Arturo tiene intención de seguir el recorrido que marcan las flechas amarillas del Camino.

flechacamino

—Espere. ¿Es que no se acuerda de la ermita románica que quería visitar? La que está cerca de mi hogar, ¿se acuerda?

—¿No es por aquí? —dice Arturo señalando el Camino.

—No; ya le dije que había que apartarse un poco. No se preocupe, no está demasiado lejos. Venga, anda; le prometo que, en cuanto lleguemos, lo dejaré en paz.

—¿De… de verdad?

—Claro que sí, hombre. Además, lo más seguro sea que el párroco de allí me necesite para cualquier encargo y que después vaya a visitar a mi madre.

Arturo no puede creer su buena suerte. Motivado por tan grata sorpresa, retoma la marcha y camina con presteza. En cambio, sus esperanzas se desvanecen cuando, tras más de una hora recorriendo los contornos, no hallan rastro de la ermita.

—¡Vaya por Dios! Me temo que nos hemos perdido —admite el seminarista.

—¿Cómo que nos hemos perdido? ¿No dijo que conocía esta zona?

—Sí, pero el monte es traicionero, amigo. Ya ve que todos los árboles son iguales. Es difícil guiarse sin las flechas, ¿sabe? Mucho me temo que la Biblia no nos sirva de guía en esta ocasión.

—¿Y qué vamos a hacer?

—Haremos noche aquí. Está a punto de oscurecer y nos será imposible encontrar la senda. No se preocupe, llevo una provisión de tapones para los oídos.
Arturo no se aguanta por más tiempo y explota:

—¡Todo esto es culpa suya!

—No, no deje que el diablo le tiente con la plaga del rencor —le previene el seminarista, preocupado por el porvenir de su alma.

Arturo siente impulsos de arrancarle la piel a tiras y colgarlo de un poste, pero no tiene fuerzas para discutir; está muerto de cansancio y las ampollas arden en sus pies como ascuas candentes. Se sienta sobre un peñasco e intenta echar un trago a su cantimplora, pero para colmo se le ha acabado el agua.

—Tome, beba de la mía.

El escritor arrebata su cantimplora al seminarista y le da un generoso trago; de inmediato escupe el contenido.

Telmo ríe sin miramientos.

—¡Es… es vinagre!

—¡Ha picado usted! Es la típica broma que gastamos en el seminario, cambiar el agua por vinagre. Como hicieron con Cristo los romanos el día de su crucifixión, ¿se acuerda? Ahora puede considerarse usted un auténtico mártir del Camino. Siéntase orgulloso por ello: se ha ganado la bendición del Cielo, amigo.

Arturo arroja la cantimplora al suelo y se lía a patadas con las piedras aledañas.

—¡Usted es… usted es…! ¡Es usted un idiota y un tarambana! No sé si es estúpido o qué diablos le pasa, pero, óigame una cosa: ¡usted irá al infierno por ruin y por miserable! Porque estoy seguro de que allí tiene que haber un cubículo para gente deleznable como usted, junto a los soplapollas y los botarates, y usted irá de cabeza allí, ¿me ha oído, cabronazo del demonio?

—No se enfade conmigo; yo sólo quería ayudarlo. Además, sepa usted que lo que Dios tiene en cuenta es la intención, y yo le prometo que mis intenciones eran buenas. Somos amigos después de todo, ¿no?

Arturo siente hinchársele las venas de cuello y de la frente:

—Escúcheme una cosa, patán destripaterrones: ¡usted no es mi amigo! Porque yo en la vida tendría amigos tan GILIPOLLAS como usted, que le quede muy claro. Apenas lo conozco, maldito idiota. ¡Y me dan por culo sus intenciones, su iglesia y su Dios! Soy ateo, ¡entérese de una vez!

Arturo echa a andar sin mirar atrás. Telmo sonríe con malicia al verlo alejarse.

Llevado por los demonios, el novelista aprieta el paso con la esperanza de encontrar pronto una nueva flecha que lo devuelva a la senda del Camino antes de que anochezca por completo. La senda no obstante se torna más tenebrosa a medida que avanza y la niebla no tarda en inundarla y hacer que desaparezca bajo sus pies. Los susurros de las hojas de los eucaliptos movidas por el viento traen a su memoria el fantasma de antiguas leyendas.

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Por suerte, enseguida halla el rastro de las flechas amarillas; si bien, le parecen algo más pequeñas y oscuras a como recordaba.

Desde la loma en la que se halla, avista en sus faldas una humilde morada labriega en cuya ventana titila una tímida lucecilla. Ya ha oscurecido por completo y ha comenzado a lloviznar, así que Arturo no duda en acercarse hasta la casa a pedir ayuda.

Una vieja encorvada y arrebujada bajo un paño asoma tras el umbral.

bruja

—Buenas noches, buena mujer —se presenta Arturo—. Verá, soy un peregrino que se ha…

—Pase, pase, no se quede ahí bajo la lluvia. Le serviré un poquiño de sopa y vino.

—Es usted muy amable, buena mujer.

La vieja tira de su brazo y lo hace pasar.

—No sabrá por casualidad a qué distancia se halla el pueblo más próximo, ¿verdad? —pregunta Arturo ya en el interior de la casa.

—Está aquí al lado, a unos quince kilómetros; pero habrá de hacer noche aquí. No es tiempo de ponerse en camino.

—Es usted muy amable; le pagaré, no lo dude.

—Claro, claro que pagará.

—¿Cómo dice?

—Nada, cosas de mujer. Y ahora siéntese y coma; debe reponer fuerzas.

La anciana sienta a Arturo a su mesa y le sirve un cuenco de sopa y una botella de vino. Arturo apura su copa, que la vieja vuelve a llenar.

—Si bebo más vino mañana no podré caminar en línea recta.

—¡Aproveche, vamos! Un Albariño no se cata todos los días.

Mientras cena, Arturo relata a su anfitriona su desventurado viaje, merced a un seminarista perturbado.

—El Camino ya no es lo que era —le revela la vieja—. Antes pasaba por aquí y traía riqueza a esta casa, ¿sabe usted? Hasta que el Concello y el obispo desviaron la senda por su propio interés y nos arruinaron por completo. Entonces tuvimos que buscarnos las habichuelas por nuestra cuenta, claro está.

—¿Ah, sí? ¿Y qué hicieron?

—Muy sencillo: renegamos de la iglesia y pactamos con el Diablo.

Arturo siente que se le atraganta la sopa.

—¿Cómo dice?

—Pues eso: que nos aliamos con el Demonio, con Satanás, con Pepe Botero. Ahora nos dedicamos a sacrificar peregrinos devotos de Dios para que nos conceda beneficios. Y no nos ha ido nada mal. Fíjese que nuestra huerta estaba seca desde hacía años; pues no sabe usted qué bien le sienta la sangre de peregrino para que medren los tomates. Antes no sacaba ni media docena por mata; ahora me sobra hasta para venderlos en el mercado. Me los quitan de las manos, oiga.

Arturo no da crédito a cuanto escucha.

Seguidamente, observa cómo la sombra de la vieja se retuerce contra la pared, proyectada por la luz de velas, al tiempo que siente cómo el vino comienza a surtirle efecto y a obnubilar su conciencia.

Arturo cae en la cuenta.

—¡Ximena la bruja!

—No me llame bruja, carallo, que me hace sentir vieja y fea; porque, aunque lo sea, una tiene su orgullo y su puntillo de presumida. Aquí las llamamos meigas; porque haberlas haylas, ¿sabe usted?

Arturo intenta echar mano a su bordón para defenderse, pero las fuerzas le fallan.

—El vino estaba drogado, por si no se había dado cuenta. No se preocupe, es un veneno que no engorda; eso sí, mata un poquiño.

El ruido de unas pisadas en el exterior interrumpe la conversación. Acto seguido, Telmo irrumpe en la casa.

—¡Telmo, amigo! ¡Qué alegría verlo de nuevo! —exclama Arturo echándose a sus pies.

—¿Amigo? ¿A quién demonios llama amigo? ¿No decía que jamás tendría amigos como yo?

Arturo sonríe adulador.

—Vamos, no… no hablaba en serio; después de lo amable que fue usted conmigo… Créame, fue el hecho de extraviarnos y la broma del vinagre los que me hicieron perder los estribos; pero ya está todo olvidado por mi parte, de verdad. Y ahora tenga cuidado y protéjase, ¡es la bruja Ximena! —dice, señalando a la vieja.

—¡Y dale con llamarme bruja! Ya le he dicho que soy meiga. Y tú: ¿se puede saber por qué has tardado tanto? Llevo días esperándote —riñe la bruja al recién llegado.

—Disculpe, madre; pero cada vez está más difícil encontrar a idiotas a los que engañar.

Arturo no sale de su asombro.

—¿Cómo madre? ¿La bru… la meiga Ximena es su madre? Pero usted es seminarista, ¿no?

—Seminarista del diablo, sí señor —responde Telmo con orgullo.

—¿Cómo del diablo? ¿Pero qué son ustedes?

—Semos satánicos.

El escritor se aparta del seminarista, asustado.

—¡Usted! Usted me apartó de la senda del Camino para venir a parar aquí.

—En realidad fue usted quien se apartó de la senda; usted se declaró ateo, ¿recuerda? Tal vez si hubiese tenido fe, Dios lo hubiese salvado, aunque creo que ni por ésas… ¿Quiere saber cómo tal vez se hubiese salvado? Si hubiese sido mi amigo quizá lo hubiese dejado unirse a nosotros; pero lo puso tan difícil desde el principio. En parte se lo tiene merecido por desagradecido. La próxima vez que alguien le ofrezca su amistad, no dude en aceptarla.

—Bueno, basta ya de cháchara —interrumpe la bruja.

Con ayuda de su hijo, tumba a su presa sobre la mesa y prende a su alrededor media docena de velones negros y cuelga crucifijos invertidos en las paredes.

—Llama a tus tías, anda —ordena a continuación a su vástago.

Telmo regresa enseguida con dos viejas, las cuales portan enormes cirios y entonan antífonas a la inversa. El aquelarre da entonces inicio a una misa negra y se entrega a una danza esperpéntica en torno al pobre escritor para gloria del Maligno.

—Creía que en las misas negras sólo se sacrificaba a vírgenes —clama Arturo en vano.

—Uy, eso era antes —le aclara Ximena—. Conseguir vírgenes en estos tiempos está cada vez más complicado, ¿sabe usted? A Satán lo mismo le vale la sangre de cualquier peregrino devoto de Dios.

—¡Pero si ya le he dicho a su hijo que soy ateo! ¡Que me embarqué en la mierda del Camino en busca de inspiración!

La familia de brujos estalla en hirientes carcajadas.

—También san Dimas era ladrón y acabó siendo santo. Y ahora, por favor, incline el cuello y déjese rebanar.

—¿Me van a hacer daño?

—El justo y necesario.

—¡No, por favor! ¡Aún tengo muchas historias que escribir!

—Pues en la eternidad va a tener usted todo el tiempo del mundo. Y ya estese quieto y pórtese como un hombre, carallo. Mira, Telmo, la próxima vez mejor me traes a peregrinos extranjeros, que al menos no se los entiende y dan menos lata.

—Sí, madre.

Ximena domeña al fin a su víctima y le taja el cuello como a una pescadilla.

Arturo ve caer su propia sangre en una bacía plateada mientras piensa que, tanto su novela como su editor, poco importan ya; y que hay caminos que más vale recorrer acompañados y en buena sintonía.

Afuera, la noche se tiñe con los colores del crepúsculo bajo los gritos desesperados del escritor Arturo Macías. Su sangre pronto discurrirá por la acequia y regará los sembrados de la huerta.

Miguel Rey

 

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4 pensamientos en “UN MÁRTIR EN EL CAMINO

  1. 👏👏👏 Genial, Miguel
    Me encantó todo y con esos puntazos de humor tan tuyos, me parecen ya, me reí también y especialmente con el seminarista falso que alteraba el sueño hasta las gallinas, y con las chinches rebotando …
    Lo que se pierde el escritor porque de no morir tenía novela para rato 😊

    Le gusta a 1 persona

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