TETÉ EL PAYASO (juvenil)

andré

TETÉ EL PAYASO

Al despertar aquella mañana vi que una bola roja había brotado ante mis ojos. ¡Dios mío, pero si era mi nariz! ¿Y qué le pasaba a mi pelo? Se había vuelto rizado y voluminoso como el de una peluca. ¿Y por qué vestía una ropa de colorines y unos pantalones tan anchos que los tenía que sujetar con tirantes? ¿Qué le había pasado a mi pijama?

Fui corriendo a mirarme al espejo.

—¡Aaah! —pegué un grito al ver mi cara.

Era tan blanca como una alubia y tenía una sonrisa dibujada, pese a que no me hacía nada de gracia lo que me estaba ocurriendo:

¡Me había convertido en un payaso!

payaso

Intenté quitarme la pintura blanca que me cubría frotándome con un cepillo, pero no había manera de hacerla desaparecer, ni siquiera cuando lo intenté con la escobilla del váter. Tampoco me podía deshacer de la peluca ni de la nariz roja por más que tiraba de ellas; era como si formasen parte de mi cuerpo.

Preocupado, bajé al salón antes de que mi madre subiese a despertarme para ir a la escuela; pero cuando bajaba las escaleras, los enormes zapatones que calzaba me hicieron tropezar y caí rodando hasta la cocina, con la mala fortuna de que fui a aterrizar sobre un pastel de frambuesas que mi abuela acababa de preparar. Mi familia rió a carcajadas, incluido mi hermanito Leo, que aún no había aprendido a hablar pero que reía como el que más.leo

—¿Qué me pasa, mamá? ¡Me he convertido en un payaso! —dije alarmado.

Mamá paró de reír para contestarme:

—¿Y cuál es el problema, Teté? ¿No te gusta hacerte siempre el gracioso y tomártelo todo a broma? El otro día vino tu maestra a casa y me dijo que no haces más que interrumpir la clase con tus payasadas. Pues mira, al final te has convertido en lo que eres, en un payaso.

—Yo no soy un payaso.

—¡Claro que sí! Y las mismas quejas tiene tu abuela, que no paras de hacerle bromitas y amargarle la vida. A la pobre han tenido que doblarle la medicación por tu culpa.

—Lo de poner las canicas al borde de la escalera fue para que bajase pronto a cenar.

—¿Ves? ¿Ves como no te tomas nada en serio? ¡Inmaduro! Ya tienes doce años; deberías dar ejemplo a tu hermanito.

—Teté e un patato —dijo Leo desde su sillita de bebé.

—Sí, Leo, cariño: tu hermano Teté es un payaso que debería ir al circo a hacer carrera. Espero que tú te conviertas en ingeniero o en abogado y salves el honor de esta familia.

Llamaron al timbre. Era mi amigo Javichu, que venía a buscarme para ir juntos a la escuela. Abrí la puerta.

—Hola, ¿está Teté? —preguntó mi compañero mirándome con cara de alelado.

—¡Soy yo, idiota!

—¿Teté? Pero ¿qué le ha pasado a tu cara?

—¿Es que no lo ves? Me he convertido en un payaso.

Papá asomó por el salón:

—Teté, no te entretengas o llegarás tarde.

—Pero, papá, ¿cómo voy a ir así a la escuela?

—¿Y qué hay de malo? ¿No ves que ése es el uniforme que mejor te representa? Date prisa y no protestes.

—Tu padre tiene razón, Teté; además, hoy es el último día para presentar los proyectos de Ciencias.

—¡Es verdad!

Aprisa cogí mi mochila y salí de casa. No podía faltar a clase o la maestra Amparo me suspendería la evaluación; y eso sí que no tendría nada de gracia. Tan preocupado iba por no llegar tarde a la escuela, que al cruzar el jardín pisé sin querer los dientes de un rastrillo y su asta me golpeó en los morros.

—¡No te rías, idiota! —regañé a Javichu.

—Lo siento, Teté, pero es que eres muy gracioso.javichu

—Yo no le veo la gracia por ningún lado.

Pero según terminaba de hablar, un pájaro carpintero se posó sobre mi cabezota y comenzó a picarme el cogote.

—¡Ay, ay, ay!

Las desgracias se sucedieron según caminaba por la calle. No sé cómo lo hice, pero me las apañé para pisar cada charco del camino. Más adelante, una colmena de abejas cayó justo encima de mí, y para colmo, a todos los perros de la vecindad les dio por morderme los tobillos y mearse en mis pantalones.

La gente se desternillaba de la risa al verme, como si fuese parte de un número cómico.

—Deberías cobrar la entrada, Teté —me dijo Javichu.

—¡Cállate, quieres! ¿No ves que esto es serio? Yo no quiero ser un payaso; quiero volver a ser yo.

Javichu se mofó:

—¿Ahora quieres que la gente te tome en serio, cuando no has hecho más que gastarle bromitas y hacerte el gracioso?

Agaché la mirada avergonzado.

—Yo… Yo no me hago el gracioso —murmuré, pero ni yo mismo me creí mis palabras.

—¿Cómo que no? —me contestó Javichu—. ¿Y la vez que me pusiste chicle en los oídos mientras dormía y me hiciste creer que me había quedado sordo? ¿Y aquella otra vez que derramaste el zumo de piña sobre mi cama y me hiciste creer que me había meado encima? ¿Y aquella otra que me cambiaste la pasta de dientes por el jabón para lavar el coche y estuve una semana echando espuma por la boca?

—Al menos se te quitó el hipo; además, fue sólo una broma.

—Pues a lo mejor ahora es el destino quien se burla de ti, Teté. ¡Rápido, el autobús!

bus2

Javichu echó a correr hacia la parada. Fui tras él tan aprisa como me lo permitieron mis zapatones y mi traje, que me quedaba enorme.

Al arrimarse a la acera, el autobús pasó sobre un charco y me salpicó por completo. Al verme empapado y con mi disfraz de payaso, mis compañeros de ruta me miraron boquiabiertos, pero enseguida explotaron en una carcajada que casi me revienta los tímpanos. Refunfuñando crucé el pasillo del autobús hacia mi sitio, pero cada vez que intentaba sentarme pitaba una bocina bajo mis pantalones, por lo que tuve que ir todo el viaje de pie, aguantando las risas de mis compañeros.

Ya en clase, las patas de mi silla se rompieron nada más sentarme y me caí al suelo.

Después, la maestra Amparo pidió los deberes. No solía llevarlos hechos, pero como se acercaba el fin de curso convenía hacerle la pelota a la maestra o sería capaz de amargarme el verano. Sin embargo, al ir a entregar mi tarea, ésta se escurrió bajo la manga de mi chaqueta. Traté de tirar de ella, pero lo único que conseguí sacar fue una ristra de pañuelos de todos los colores, a cuyo extremo iban atados mis calzoncillos.

—Es justo lo que esperaba de ti —me dijo la profe Amparo con la frente arrugada.

Finalmente, llegó el turno de mostrar nuestros proyectos de Ciencias. Cuando salí a la pizarra, quise explicar a mis compañeros cómo reaccionaba el azufre al contacto con la gaseosa, pero el experimento explotó y mi cara quedó manchada de hollín. pizarra

La profe me dijo que estaba suspendido y que tendría que repetir curso por no tomarme las clases en serio. Yo quise decirle que no era mi culpa, que aquella vez sí que me había esforzado y había hecho la tarea, y que no era mi intención hacerme el gracioso; pero según terminé de hablar mis tirantes se soltaron y se me cayeron los pantalones. Mis compañeros rieron como locos, incluida la maestra y también Sarita, la chica que me gustaba. Al agacharme para subirme los pantalones, volvió a pitar la bocina y me di cuenta de que ni siquiera llevaba puestos los calzoncillos, que acababa de entregarle a la maestra. Mi narizota roja se puso tan roja como una cereza.

Para colmo, cuando la maestra Amparo me mandó regresar a mi sitio, tropecé una vez más y me di en los cataplines con el pico de mi mesa, lo que hizo a todos revolverse por los suelos de la risa.

—¿No ves que eres un payaso, Teté? ¿Para qué vienes a la escuela? —me dijo la profe cuando la risa se lo permitió—. Vete al circo, que es el lugar que te corresponde y deja ya de molestarnos.

—¡No! ¡No quiero ser un payaso! ¡No quiero ser un payaso! —protesté con enfado.

Pero al sonar el timbre, el reloj de clase se descolgó de la pared y atravesó mi cabezota, y al dar la hora en punto un cuco salió de mi boca y anunció el fin de las lecciones.

Al salir de la escuela, los cordones de mis zapatos se enredaron y volví a tropezar. Cuando logré deshacer el nudo, vi que había perdido la ruta. Mis compañeros se asomaron a la luna trasera del autobús y mostraron su alegría al ver que me quedaba en tierra.bus

No tuve más remedio que caminar hasta casa. En el trayecto, una paloma me cagó encima. Vi después una cigüeña volar sobre mí y no quise tentar a la suerte, así es que corrí a refugiarme en un parque cercano. Me senté en un columpió y vi mi rostro reflejado en un charco. No había forma de desprenderme de mi disfraz; iba a ser un payaso de por vida. Me lo tenía merecido por pasarme de gracioso y no tomarme las cosas en serio, por interrumpir la clase a cada rato con mis chistes y ocurrencias y por gastarle bromitas a la gente.

Me lamenté entonces de no haber hecho caso a mamá y a papá cuando me decían que tenía que madurar, pero es que cuando oía esa palabra no podía más que imaginarme una manzana cayendo de un árbol sobre la cabezota de mi abuela.

Aún le daba vueltas al asunto cuando por casualidad una carroza tirada por un burro se detuvo ante mí.

“Tal vez sea la carroza mágica de los deseos que me devuelva mi antiguo yo” —me dije ilusionado al verla.

Un hombre que vestía una casaca roja con adornos dorados saltó del carruaje y se acercó entusiasmado.

—¡Hola! Soy André, el director de esta compañía de circo ambulante —dijo, señalando la carroza—. Estás de suerte, muchacho, porque precisamente ando buscando un payaso para mi espectáculo. ¿Qué me dices? ¿Te unes a nosotros?

andré

Eché un vistazo a la carroza. Un hombre con leotardos verdes y aspecto de saltamontes manejaba las riendas sobre el pescante. En el interior viajaban un hombre calvo y forzudo cubierto con pieles de tigre y una hermosa dama. La dama tapaba su sonrisa tras un abanico, pero cuando lo apartó de sí, descubrió que lo que ocultaba era una barba tan peluda como la de una cabra. forzudo

El director André me dijo que mi número vendría a sustituir al del hombre bala, que había reventado tras la última función.

—Es lo malo de los hombres bala, que sólo los puedo usar una vez —me explicó el hombre apenado.

—Lo siento, señor, pero yo no soy un payaso. Yo soy un niño que…

—¡Cómo que no eres un payaso! ¿Y esa nariz y esa peluca? ¿Y ese traje de colorines y esos zapatones?

—No, señor, le digo que se equivoca. Yo no…

—¿Cómo que me equivoco? Un director nunca se equivoca —El hombre pareció enfadarse de pronto—. Vendrás conmigo por las buenas o por las malas. ¡Brutus, cógelo!

El hombre calvo y forzudo que viajaba junto a la mujer barbuda obedeció y bajó del carruaje entre gruñidos. Antes de que pudiese escapar, me levantó del suelo agarrándome del pescuezo y me introdujo a la fuerza en la carreta.

—¡Socorro! ¡Socorro! —quise pedir ayuda, pero fue inútil.

Me apresaron y me obligaron a ser su payaso, el payaso Teté.

payaso tete

Recorrimos en la carroza todos los pueblos del país representando su función. Mi número consistía en hacer reír a la gente, y para ello me ataban unos patines a los pies y me lanzaban pasteles para que hiciese malabares con ellos mientras trataba de mantener el equilibrio, o bien me hacían montar en un triciclo con un oso, o me ataban unos arneses y me elevaban por los aires para que me balancease del trapecio junto al hombre con cara de saltamontes.

El público reía a carcajadas; hasta los tigres y los elefantes reían, tanto, que dejaban de parecerme fieros.

Escapar era imposible, pues tras cada función me encadenaban en la jaula de los osos junto a un cuenco con las sobras, que me daban por comida. Tampoco podía pedir ayuda al público, porque al ver mi risa pintada pensaban que era feliz y que les hablaba en broma, y acababan por reír y aplaudir.

Y no lo era; no era nada feliz.

Cuando terminamos de recorrer el país, la carroza regresó a mi vecindad, donde representamos nuestro espectáculo. Una vez más, me puse bajo los focos en mitad de la pista y comencé mi actuación. Ya me preparaba para recibir pastelazos en los morros y caerme del trapecio cuando vi a mi familia entre el público, y a mi maestra Amparo y a Javichu y a mis demás compañeros de la escuela.

—¡Socorro, chicos! ¡Ayudadme! ¡Mamá, papá, maestra! Os prometo que me portaré bien, que dejaré de hacer el payaso y que me tomaré las cosas en serio —dije en tanto corría hacia ellos desesperado.

Pero con el disfraz que llevaba cómo me iban a creer. Además, la gente gritaba tanto bajo la carpa que apenas podían entenderme. Traté de saltar a las gradas para que me escuchasen, pero uno de los elefantes me enroscó su trompa a la cintura y me hizo regresar al escenario.

circo

A continuación, el director André dio paso al número estrella: el del hombre bala.

—Pero… pero si no tenemos hombre bala —dije confundido—. El último hombre bala reventó tras la última función, usted mismo lo dijo.

—Sí, pero ya le he encontrado un sustituto —contestó André.

La mujer barbuda arrastró el cañón hasta el centro de la pista. Brutus volvió a levantarme del suelo como si fuese una pluma, y, a la fuerza, me introdujo en su interior.

—Damas y caballeros —anunció André al público—: a continuación, el payaso Teté nos asombrará a todos con un espectacular salto con el que tratará de alcanzar la luna… Siempre que no explote antes de partir, claro.

El saltamontes saltimbanqui se llegó de un salto junto al cañón y prendió fuego a la mecha.

—¡No! ¡No! ¡Socorro! ¡Socorro! —dije, asomando por la boca del cañón.

El público explotó en una sonora carcajada al verme sufrir; la mecha se consumía a toda prisa por más que trataba de soplarla. Cerré los ojos y me preparé para el fin. Un segundo después, el cañón reventó.

Asustado por la explosión, abrí los ojos y miré a mi alrededor. ¡Estaba en mi habitación!

Todo había sido un sueño.

Fui corriendo a mirarme al espejo para asegurarme de que era cierto, que todo había sido obra de mi imaginación.

¡Así era! No había rastro de la peluca, ni de la narizota roja, ni de mi traje de colorines, ni de los zapatones brillantes. ¡Volvía a ser yo, el niño Teté!

Bajé corriendo a abrazarme con mi familia.

—¡Mamá, mamá!

—¿Qué te pasa, Teté? ¿A qué viene tanta alegría? ¿No me habrás rellenado el pollo con una pelota de tenis, que te conozco?

Mamá abrió el horno para comprobarlo.

—¡Qué va, mamá! ¡Qué va! ¿Quieres que te ayude?

—¿Cómo? ¿Es que no te vas a hacer el ganso con tus amigos, como todos los sábados, ni a ir a ponerles petardos a los hormigueros ni a llamar a los timbres de las casas?

—No, mamá, no; hoy me quedo contigo para ayudarte.

—¡Uy! Pero ¿y esta responsabilidad, a santo de qué? A este niño me lo han cambiado

—Mamá me levantó del suelo por los sobacos y me puso frente a sus ojos para asegurarse de que en verdad era yo, Teté, su hijo.

—Seré obediente, mamá, te lo prometo. Te prometo que dejaré de hacer payasadas, que me tomaré las cosas en serio y que ayudaré en casa. Me sentaré en primera fila en la escuela y atenderé a la maestra; haré los deberes todos los días y empezaré a ir a misa los domingos. ¿Qué te parece, mamá?

—Me parece muy bien, hijo, me parece muy bien —contestó mi madre satisfecha, aunque por la forma en que se dio la vuelta y me ocultó su cara supe que algo me escondía.

Mamá informó al resto de mi familia sobre mi cambio y sobre cómo había madurado de la noche a la mañana, de lo cual todos se alegraron mucho, en especial mi abuela:

—¡Si hasta parece que le haya cambiado la cara!

La pobre mujer aún miraba al suelo para comprobar que no hubiese canicas a su alrededor. A la hora de la comida preparó un pastel en mi honor.

Antes de terminar de comer, mamá me dio un regalo como premio por mi buen comportamiento.

—¿Qué es, mamá? ¿Qué es?

—Ábrelo y lo verás.

Deshice el nudo que ataba el regalo y lo abrí con emoción. De pronto, una cabeza de muñeco horrible sujeta a un muelle saltó sobre mi cara; del susto, fui a caer de culo sobre el pastel que había preparado mi abuela.

muelle

—¡Mamáaa! ¿A qué ha venido eso? —protesté confundido.

Mi familia reía sin control.

—Lo siento, Teté; me gusta que hayas madurado, pero tampoco quiero que te conviertas en un niño repipi e insoportable.

Mamá me cogió en brazos y me puso sobre sus rodillas.

—Te quiero mucho, mamá —dije, abrazándome a ella.

—Y yo a ti, Teté.

Mamá me besó y me apretó la nariz, que sonó como una bocina.

Y yo hice lo mismo con la suya, que también sonó como una bocina.

Y colorín colorado, así fue como dejé de ser Teté el payaso.

©Miguel Rey

Análisis:

Como has podido observar (y si no, te lo soplo:D) el relato quiere hacer tomar conciencia a los niños de que algún día habrán de madurar y abandonar sus juegos infantiles. Aunque el gesto final de la madre sugiere que madurar tampoco implica que se haya de renunciar por completo a nuestro niño interior, ni a la parte más lúdica y juvenil de nuestra personalidad.

¿Cómo te sientes tú? ¿Sigues sintiendo al niño que fuiste revolviendo dentro de ti, o crees que hace años que lo olvidaste al sucumbir ante las responsabilidades de adulto?

Espero que te haya gustado el relato y aguardo ansioso tus comentarios.
¡Saludos!

Anuncios

6 pensamientos en “TETÉ EL PAYASO (juvenil)

¡Comenta, comenta!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s