PROYECTO TAKAHATA

¡Pedrooo!

PROYECTO TAKAHATA

En una comisaría de Madrid, un detenido es llevado hasta una mesa de un rincón. Un bullicio incesante de policías atareados y de teléfonos que no paran de sonar reina alrededor.

El detenido, un varón de complexión alta y robusta, de unos 30 años, causaría el espanto de cualquiera, de no ser por su gesto inocente y por el vestido tradicional de montañera suiza con el que se cubre: saya sonrosada, camisa limón y chaleco encarnado. La nota discordante a su indumentaria la compone un tatuaje en sus nudillos que lee: “White Power.”

La agente sentada frente a él se encarga de abrirle ficha:

—Nombre —le pregunta de manera rutinaria.

—Heidi —responde el detenido con voz cándida e infantil.

—Apellido.

—¡Oh! No tengo apellido, señorita. Soy Heidi, la niña de los Alpes.

—No me sale nada por Heidi. ¿Está seguro de que ése es su nombre? —continúa la agente, que no presta demasiada atención a lo que escribe en su ordenador.

—Bueno, la señorita Rottenmeier me llama Adelaida, pero yo prefiero Heidi —aclara el detenido con amabilidad—. ¿Y usted cómo se llama?

—Tampoco me sale nada por Adelaida. Probaré a mirar en su historial delictivo. ¿Tiene usted antecedentes?

—No, señorita; soy huérfana. Aunque tengo un abuelito con el que vivo en los Alpes desde que tía Dete me dejó con él. Me estará echando mucho de menos…—manifiesta el hombre con nostalgia.

La agente mira extrañada a su interlocutor.

—A ver, déjeme su DNI.

—¡Oh! Creo que yo no tengo uno de ésos, señorita. Pero tengo caramelos de la abuelita de Pedro. Si quiere, puedo darle uno. —El detenido abre una bolsita repleta de dulces y le ofrece amablemente a la mujer.

Su actitud llama la atención del inspector García, que se acerca hasta la mesa.

—¿Qué ocurre?

—Señor, el detenido no aparece en ninguna base de datos y dice que no tiene DNI —responde la agente.

El inspector toma el relevo del interrogatorio.

—Dice usted que se llama Heidi… —se dirige al hombre, leyendo su ficha en el ordenador.

—Así es, señor.

—¿Y qué hace vestido como una niña?

—Porque soy una niña. ¡Que no le engañe mi pelo corto! —responde el reo sin perder su buen humor.

El policía mira confuso.

—¿Es usted travesti?

—No sé qué significa eso, señor. Apenas he ido a la escuela. Quizá la retome en primavera. Aún hace demasiado frío como para salir de casa y bajar al pueblo con el trineo.

—Dígame, ¿qué edad tiene?

—Pues, a ver, si tía Dete me sacó de la aldea cuando tenía cuatro años, y de eso hace ya mucho tiempo… debo tener al menos cinco o seis años.

—¿Toma usted algún tipo de medicamento?

—¿Yo? Claro que no. Allí en los Alpes nunca nos ponemos enfermos. La mamá de Pedro dice que es por el aire sano de las montañas. Créame, yo duermo en una buhardilla junto a un ventanuco en pleno invierno y nunca he enfermado. Sólo una vez tuve que guardar cama, pero fue en Frankfurt, cuando visitaba a mi amiga Clara. Yo creo que fue por la nostalgia de verme alejada de las montañas. ¡Oh! —exclama el hombre, súbitamente preocupado—. ¿Usted me ayudará a regresar a los Alpes, señor?

heidi4

El inspector García, que no sale de su asombro, tarda en reaccionar.

—Entonces, ¿era allí adonde pretendía dirigirse en aquel tren? —continúa cuando consigue dar curso al interrogatorio.

—Así es, señor.

—¿Sabe que es delito colarse en un tren sin billete y resistirse a la autoridad? Por eso está usted aquí, señor… Heidi. De todas formas, aquel “cercanías” sólo circulaba hasta Cercedilla.

—¡Oh! Lo siento mucho; no oí a aquel policía cuando me llamaba. El silbatazo de la locomotora me lo impidió.

—¿Por qué quería usted ir a los Alpes? ¿Acaso huía de alguien? —inquiere el inspector suspicaz.

El preso agacha la mirada avergonzado.

—Necesito regresar a los Alpes. El abuelito me necesita. Bueno, y Pedro, y Niebla, y Copito de nieve… Seguro que todos me echan mucho de menos allí. ¿De verdad no puede usted ayudarme? Le puedo pagar con castañas.

El hombre saca otra bolsita de su faltriquera y la planta sobre la mesa. García mira atónito.

—Bermúdez —llama a un oficial que pasa a su lado.

—¿Inspector?

—Que le tomen las huellas. A ver si descubrimos quién es y de qué manicomio se ha escapado.

—A la orden, señor.

El oficial toma al preso del brazo y le hace levantarse.

—Acompáñeme, por favor.

—¿Me va usted a llevar a los Alpes?

—Claro, pero primero tenemos que tomarle las huellas.

—Es usted muy amable. ¿Quiere una castaña?

Bermúdez conduce al apresado a un departamento cercano, donde se le toman las huellas dactilares. Enseguida, es reconocido.

—Se llama Gabriel Gorriti, señor —informa el oficial a su inspector—. Tiene antecedentes por robo, intimidación, pertenencia a bandas neonazis, agresiones a mendigos, gays, prostitutas, desacato a la autoridad, posesión de armas, contrabando… En fin, lo que se dice todo un angelito.

—¿Y qué demonios le ha pasado?

—No lo sé, señor. Aquí pone que cumplía condena en Soto del Real por romperle la mandíbula a un negro con un bate y que después fue trasladado.

—¿Trasladado? ¿Trasladado adónde?

—No lo dice… A algún otro módulo, supongo. Lo que está claro es que debería seguir entre rejas.

—Vaya, vaya… Tenemos a un fugado.

—Eso parece.

—Bien. En cuanto aclaremos este asunto devolveremos el paquete a quien corresponda. —García mira su reloj—. Hoy ya es tarde. Que le completen la ficha y que haga noche en el calabozo. Esperemos que mañana quede todo resuelto.

—A la orden, inspector.

Minutos más tarde, Gabriel es llevado a otra dependencia, donde le toman las fotografías de frente y de perfil que añaden a su ficha. A continuación, es escoltado hasta los calabozos.

—¿Dormiré aquí? No he traído mi camisón —dice Gabriel preocupado.

—No pasa nada, duerma usted vestido… o vestida, o como diantres prefiera, pero deje ya de dar la lata —responde el agente que le escoltaba, quien acto seguido le encierra en su celda.

—¿Me traerán al menos paja fresca? La necesitaré para hacerme una cama —solicita Gabriel.

El agente resopla sin hacer caso a su petición.

—Tome, su cena —le dice después, pasándole un bocadillo revenido a través de los barrotes—. Y ya cállese un poquito, ¿quiere? Que los demás presos quieren dormir.

—¡Oh! Lo siento muchísimo, señores delincuentes, de verdad.

Los presos de las demás celdas apenas le prestan atención.

Gabriel repara entonces en el bocadillo que le acaban de entregar.

—Disculpe, señor agente. ¿No tendría por casualidad un cuenco de leche y una rebanada de pan con queso fundido? Es todo lo que comemos allí en los Alpes.

—¿Leche y queso fundido?

—Así es —responde Gabriel sonriente—. El abuelito sabe hacer queso con la leche de las cabras. Tenemos dos: Blanquita y Diana… Bueno, y Copito de Nieve también, pero aún es pequeña y su leche no es tan rica.

heidi1

Un policía en prácticas se acerca hasta la celda, intrigado por la conversación tan peculiar que mantiene su compañero con el preso.

—¿Blanquita? ¿Copito de Nieve? ¿De qué está hablando? —pregunta a su superior.

—No tengo ni idea. Tal vez sean distintas formas de nombrar la heroína. Que le hagan un test de drogadicción.

—A la orden, señor.

El agente vuelve a dirigirse al detenido:

—Lo siento mucho, Gorriti, pero me parece que va a tener que contentarse con el menú de la cárcel.

—¿Podría al menos decirle a alguien que viniera a susurrarme para que me quede dormida? En los Alpes acostumbro a dormirme con el susurro de los abetos. De lo contrario, no podré hacerlo.

Un eructo tan insultante como descomedido resuena en la celda contigua.

—Dime si te ha llegado ya el susurro de los abetos —se burla el preso vecino, lo que provoca la hilaridad del resto de condenados.

—Ocúpese usted, Ramírez —le encarga el agente al novato antes de marcharse.

El policía siente lástima de Gabriel y comienza a susurrarle una nana a través de los barrotes. Gabriel se lleva el pulgar a la boca y se queda dormido sobre su jergón.

A la mañana siguiente, el mismo agente que ha encerrado a Gabriel se persona en los calabozos y abre la puerta de su celda.

—Vamos, salga. Hemos contactado con su abogado; enseguida vendrá a verle. Oiga, ¿me está oyendo?

Gabriel, que permanece acuclillado de espaldas al policía, parece distraído. Susurra frases ininteligibles en tanto mantiene la cabeza inclinada sobre su regazo.

—Pero ¿qué diablos hace? —El policía finalmente entra en la celda con intención de esposarle.

Gabriel se sobresalta al sentirle. Según se vuelve, media docena de ratoncitos con los que jugaba sobre su regazo saltan al suelo y se dispersan en todas direcciones. El agente retrocede asustado y se trastabilla hasta perder el equilibrio y golpearse contra el pico de la cama. Desmayado, cae al suelo sin sentido.

Gabriel se acerca cuidadosamente hasta él y le da golpecitos con el pie para ver si reacciona.

—¿Se encuentra usted bien, señor agente? —pregunta preocupado.

El policía no responde. Gabriel pega su oreja sobre su pecho y se asegura de que aún respira.

—Se pondrá bien —dice con optimismo.

A continuación, aprovecha la ocasión para disfrazarse con su uniforme y darse a la fuga. Antes de marchar, saca la bolsita de castañas de su faltriquera y la deja sobre el agente.

—Me lo agradecerá cuando despierte —dice, orgulloso de su buen corazón.

Camuflado bajo el uniforme de policía, Gabriel atraviesa la comisaría sin levantar sospechas. No obstante, la voz de alarma le sorprende antes de que alcance la salida.

—¿Que se ha fugado quién? —pregunta García abrochándose a la carrera el cinturón de su uniforme.

—Heid… esto, Gabriel Gorriti, señor inspector —responde Bermúdez.

—¡Maldita sea! Ahora nos querrán pasar el marrón a nosotros por haberle dejado escapar. Todo el mundo a sus coches, ¡rápido!

Al instante, una riada de uniformes de policía se abalanza sobre la puerta. Gabriel aprovecha para confundirse entre la multitud y abandonar la comisaría sin ser descubierto.

Ya en el exterior, los agentes montan en sus coches patrulla. El estruendo de las sirenas no tarda en aturdir los alrededores.

El inspector García monta en uno de los coches junto a Bermúdez. Una voz de mujer da las características del fugado por radio:

Varón de raza blanca; metro noventa y dos y traje tradicional suizo. Responde al nombre de Heidi. Posibilidad de fuga hacia los Alpes. Repito: posibilidad de fuga hacia los Alpes.

—¿Qué dice esa loca?

—¡Yo qué sé!

—Inspector, ¿por qué ir a por él? —pregunta el oficial.

—¿Qué quiere decir, Bermúdez? Explíquese.

—Bueno, yo creo que Gorriti está más que reinsertado. ¿No es ésa la finalidad de la cárcel? Sería incapaz de volver a hacer daño a una mosca, créame.

—¿Reinsertado? Vamos, no me haga reír. Ese chico nos necesita más que nunca. Es una ovejita entre lobos feroces. Créame que estará más seguro entre rejas que vagando por las calles.

Gabriel, que ha aprovechado el revuelo para escurrirse hacia un callejón cercano, atraviesa mientras tanto los suburbios de la ciudad. Asustado, se oculta tras las esquinas cada vez que las sirenas de los coches patrulla retumban en sus oídos. Los quinquis y traficantes de la zona con los que se cruza se escabullen al verlo uniformado. Gabriel decide despojarse de su aspecto policial y vuelve a lucir su traje de montañera suiza. Es Navidad y hace frío, así que se envuelve en una capa roja que traía arrollada bajo el vestido y continúa su camino por oscuros callejones y callejas siniestras.

Sobrecogido, lleva su mirada a un lado y otro. En el mundo en el que se adentra —y que ahora se le hace desconocido—, el abuelito es un viejo demente con síndrome de Diógenes que hurga en los contenedores como un poseso; Pedro, un chapero a la cabeza de un rebaño de prostitutas; Clara, un mendigo sin piernas que fuma sobre su silla de ruedas y que escupe alquitrán; y el susurro de los abetos, el hedor que emana de las rejillas del metro.

La mirada de Gabriel se desmesura de temor a la sombra de aquel ambiente tan áspero y perturbador.

—Un momento, no hay por qué tener miedo —se dice al cabo para insuflarse valor—. Silbaré y cantaré. Clara dice que así se espantan los miedos. Que nada malo le puede pasar a una mientras cante una alegre canción. Y gracias a que Pedro me enseñó a silbar, ahora puedo hacerlo.

Gabriel comienza a silbar una alegre melodía tradicional suiza. Enseguida le pone letra:

— ♪ ♫ ♩ ♬ Abuelito dime tú, por qué yo en la nube voy. Abuelito dime tú, por qué yo soy tan feliz. Abuelitooo… lalalá lalá lalá lalá ♪ ♫ ♩ ♬

La actitud y apariencia de Gabriel no tardan en llamar la atención de los moradores de las calles. Un par de prostitutas transexuales se acercan hasta él, mordidas por la curiosidad y la avaricia de atrapar a un cliente.

—Hola, maricón. ¿Quieres divertirte un rato? —le propone una de ellas con descaro—. Vente conmigo que yo te haré más feliz que el abuelito ése de tu canción.

—Ahora no tengo tiempo, gracias —responde Gabriel con decisión—. Voy en busca de mi abuelito.

heidi5

Gabriel prosigue su camino y continúa silbando.

Pocos bloques más abajo, un borracho le sale al paso.

—Hola, pichoncito. ¿Adónde vas tan guapa? —le pregunta sin reprimir su apetito feroz.

—A los Alpes, a casa de mi abuelito. ¿Usted podría ayudarme a llegar allí?

—¿A los Alpes? ¡Claro! Pero te va a costar dinero.

—¿De veras? Oh, qué lástima… No tengo dinero.

—Bueno, ya encontraremos otra forma de que me pagues, ¿eh, pichoncito? Tú acompáñame a mi guarida y cerremos allí el trato.

—¿De verdad? Oh, es usted muy amable. ¡Muchas gracias, señor!

El borracho ríe con perversidad, mostrando una fila de dientes amarillentos y corrompidos.

Antes de que se lleve a su presa del brazo, un chulo de la zona se abalanza sobre él y lo estampa contra una pared.

—¡Fuera de aquí, escoria! ¡Fuera! ¿No sabes que esta calle es mía? Aquí sólo pueden trabajar mis chicas, ¡so maldito!

Acto seguido, desenfunda un cuchillo oculto en su bastón y lo blande con pericia. El borracho huye amedrentado de sus dominios.

—¡Fuera y no vuelvas más!

Convencido de su victoria, el chapero se vuelve entonces hacia Gabriel.

—¿Y a ti qué se te ha perdido por estos lares? ¿Es que quieres pasarte de listo conmigo? Si quieres ejercer aquí tiene que ser bajo mi protección.

—¿Ejercer? ¿Ejercer el qué?

El chulo mira a Gabriel de arriba abajo y ríe sin consideración.

—Verá, señor: necesito dinero para llegar a los Alpes —se explica Gabriel—. ¿Usted me daría trabajo? Sé preparar la comida, ordeñar las cabras… A veces no se dejan y la ponen a una perdida, pero a mí me encanta relamerme cuando me salpican de leche —añade con infinita ingenuidad.

—Ah, ya entiendo… —responde el chulo con sonrisa pervertida—. Me gusta tu rollo montañés, ¿sabes?

—¿De veras?

—Sí; eso de los disfraces da mucho juego por esta zona. Les pone a todos como motos. Dime una cosa: entonces, no estás con el borracho aquél, ¿verdad? —pregunta con interés al tiempo que juguetea con las cadenas de oro y plata que cuelgan sobre su pecho descubierto.

—No. Aquel hombre sólo iba a ayudarme a llegar a los Alpes.

—¡Vaya! Pues en ese caso, felicidades: estás contratada.

—¿De verdad? ¡Ah! ¡Qué ilusión!

—Claro, hombre, claro. Un empresario nunca miente. Además, que un caramelito como tú no lo iba yo a desaprovechar. Pero ¿sabes una cosa? A ti mejor te llevo al bar. Tienes demasiado glamur para la calle. Dime, ¿sabes bailar?

—¿Bailar? Me encanta bailar agarrada a Pedro y a las cabras.

—Ah, que tienes un compañero. Pues dile que no sea tímido y que se venga, a ver qué sabéis hacer los dos juntos.

—Ojalá pudiera. Él ahora debe estar con las cabras…

—Ah, claro, que también le va el rollo rural. Es evidente que por separado haréis más dinero. Pues nada, que no pasa nada. Por cierto, ¿cuál es tu nombre?

—Me llamo Heidi, señor.

—¿Heidi es tu nombre artístico? Pues lo primero que vamos a hacer va a ser cambiártelo. ¿Qué te parece La Loba del Monte? Creo que va a juego con tu disfraz.

—¿La Loba del Monte?

—Sí, la que te deja que te lo montes. O La Loba de la Montaña, la que te saca brillo a la cucaña. O del Prado, la que te la ordeña con la mano.

—Pero yo soy simplemente Heidi, la niña de los Alpes.

—Ya, cariño, pero Heidi de los Alpes no tiene tanto tirón. ¡Ya lo tengo! A partir de ahora serás Heidi, la loba de los Alpes. ¿Qué te parece? Ya se nos ocurrirá una rima después.

—Es usted muy amable, señor…

—Fermín, pero todos me llaman Gato.

—Es usted muy amable, señor Gato.

—Y tú que lo digas.

El chulo escolta a Gabriel hacia su garito, marcando el paso a ritmo de su bastón. Al final de la calle, un cartel de neón con la mitad de sus letras fundidas anuncia el nombre del local: “La Almeja Blasfema.”

—Aquí es, mademoiselle. Bienvenida a mi humilde morada —dice el Gato, encorvándose en una ridícula reverencia.

Gabriel tiene que agachar su metro noventa y dos de estatura para no golpearse con el dintel. Pese a su cuidado, se enreda torpemente con la cortinilla de canutos de la entrada. Tras desembarazarse de ella, echa una ojeada al local. Se trata de un antro de mala muerte donde un nutrido número de travestis y transexuales se ganan su salario de la farándula y de la prostitución —aunque más de esto que de aquello—, para gusto de un puñado de lobos solitarios y pobres desgraciados que buscan un poco de compañía y calor humano.

—Bueno, pues ya sabes cómo funciona esto —explica el Gato a su nuevo fichaje—. Aquí vamos a mitades. Yo me quedo con los beneficios que tú ganes y a cambio te doy mi protección. Es justo, ¿verdad? Mitad y mitad. ¿Qué te parece?

—¿Cuándo reuniré el dinero suficiente para marchar a los Alpes?

—Bueno, chiquilla, que no todo es dinero en la vida. Con esta crisis galopante igual te convendría conformarte con viajar dentro de España. Mira, las chicas se van los domingos a Rascafría, a pasar el día. Igual te puedes ir con ellas alguna tarde.

—Pero yo lo que necesit…

—¡Ven que te las presente!

El Gato conduce a Gabriel hasta el camerino, donde un trío de drags se prepara para salir a escena. Pelucas sintéticas, purpurina y lentejuelas brillan por doquier.

—Chicas, os presento a Heidi, la zorra de los Alpes —introduce el chulo al recién llegado.

—¿No era la loba? —pregunta Gabriel confundido.

—¡Uy, pero qué disfraz más gracioso me llevas, maricón! Se te van a comer viva con ese rollo rústico de las montañas —le dice una de las drags nada más verle—. Lo que canta un poco es el tatuaje ése de los nudillos. Lo veo un poco fuera de lugar…

—¿Verdad que está chulo el traje? Ya se lo he dicho yo —dice el chapero—. Ponedle un poco de maquillaje y que salga con vosotras a escena. Yo me voy para la barra.

—Sí, hija. Un poquito de glamur sí que te hace falta —opina la drag tras marcharse el chulo—. Ahora, que el traje es una pasada no lo discute nadie, ¿verdad, chicas?

—Muchas gracias. Me lo regaló mi tía Dete antes de irme a vivir con el abuelito.

—Pues tres hurras por la tía Dete. —La drag a continuación pasa a presentarse—: Mira, yo soy Dolly van Dolly. Aquélla es Lady Ligueros y la del fondo, Juanita la Cachonda.

—Encantado de conoceros —agradece Gabriel el recibimiento haciendo una estrambótica reverencia.

—Pero ¿qué cortesías son esas, chiquilla? Que esto no es la corte de Luis XIV —le dice Dolly compartiendo una sonrisa con sus compañeras.

—¡Oh! Así me enseñó a hacer la señorita Rottenmeier en Frankfurt.

—Los Alpes, Frankfurt, ahora Madrid… Tú sí que has viajao, ¿eh, puta? Bueno y dime, ¿quién tiene la salchicha más larga? Supongo que los de Frankfurt, ¿no?

La consulta de la drag provoca las risas de sus compañeras.

—¡Uy, sí! Allí son enormes —responde Gabriel entusiasmado—. A Pedro le encantan, ¿sabéis? Es capaz de comerse al menos una docena cada vez que viene a casa. El muy bruto se las mete de golpe en la boca y luego no puede tragar.

Las drags comparten su asombro con miradas de incredulidad.

—Oye, ¿y tú te has operado ya? —se interesa la Ligueros, que se acerca hasta Gabriel encendida por la curiosidad—. Ésta lleva dos años en lista de espera y nada, chica, que no hay manera.

—¿Operarme yo? ¡Qué va! Si yo me encuentro muy bien —responde el joven con inocencia—. La que necesita operarse es la abuelita de Pedro. ¡Pobre! Ojalá algún día pudiera recuperar la vista.

—El abuelito, la abuelita… ¿Pero tú en qué ambientes te mueves, maricón? —le pregunta Dolly.

—Pues en los prados, en las montañas… A veces bajo a Dörffi, la aldea. Aunque lo cierto es que paso gran parte del día en la cabaña, con el abuelo, o bien con mi amigo Pedro.

—¿Y quién es ese Pedro tan famoso? ¿No será Pedro Almodóvar?

heidi6

—¿Que Pedro Almodóvar es tu amigo? ¡Me caigo muerta! —interviene la Cachonda, que se atusaba la peluca frente al tocador.

—No sé cuál es su apellido. El abuelo lo llama “general” cuando viene por las cabras.

—¿Almodóvar tiene cabras? Mira, eso sí que no me lo imaginaba yo —dice la Dolly extrañada.

—Bueno, hija, es que él es de Albacete. Si en Albacete hay quesos, digo yo que también habrá cabras, ¿no? —deduce la Cachonda.

Un travesti que acaba de salir de escena asoma por el camerino.

—¡Chicas, os toca! No veáis lo cachondo que está el público. ¡Se nota que ya es jueves! Eso sí, igual de agarraditos que siempre. Ya en vez de billetes le meten a una céntimos de euro debajo del tanga.

—¡Vamos, chicas, a por ellos! —anima Dolly a sus compañeras—. Heidi, ¿sabes cantar? —Gabriel se aclara la garganta y emite el alarido típico tirolés, lo que deja a sus compañeras atónitas.

—Ah, muy… muy acústico, sí… —le dice Dolly cuando se repone del sobresalto—. Pero mira, tú mejor no te compliques la vida y síguenos a nosotras, ¿ok?

—Está bien, chicas.

El travesti las anima antes de que salgan al escenario:

—¡Mucha mierda, putas!

—¿Dónde? —pregunta Gabriel mirándose la planta de sus zuecos.

Dolly lo coge del brazo y junto a sus compañeras sale a escena.

La parte del público que aún no ha sucumbido al alcohol jalea enfervorizada desde sus mesas. Groserías de todo tipo cruzan de lado a lado del local. En cuanto la música de Alaska se hace reconocible, las chicas comienzan a bailar. Gabriel intenta seguirlas el paso, pero se mueve como una pastora por más que lo intenta.

—¡Moza! ¡Quítate el refajo que te se vea la entrepierna! —le grita una voz socarrona de entre el público.

Ajena al bullicio, una mujer con gabardina y gafas tintadas sigue el espectáculo con atención frente a un Cosmopolitan. Al reconocer a Gabriel, hace uso de su teléfono móvil.

—Soy Sisuka. Lo he encontrado, señor Takahata. Apunte: “La Almeja Blasfema.” Ningún movimiento y que la pasma haga el trabajo sucio; entendido, señor. Me mantendré a la espera.

Gabriel y las drags continúan en tanto su performance. El joven se acerca hasta un hombre del público que le hace señas. El hombre, que tiene aspecto de dandi, le mete un billete bajo la falda y le sonríe con obscenidad.

—¡Muchas gracias, señor! —le agradece Gabriel el obsequio.

A continuación, hace ademán de abandonar el escenario. Dolly se percata y le agarra de un brazo.

—¿Adónde vas, maricón? Que todavía no hemos acabado.

—Ya tengo el dinero para ir a los Alpes.

—Pero qué dices, puta, si con eso no llegas ni a Chinchón. Anda, vente para acá y sigue bailando… o moviéndote, o lo que hagas tú allá en las montañas.

En ese instante, un comando de policías irrumpe en el local al mando del inspector García.

—¡Manos arriba todo el mundo! —exclama el inspector tras pegar cuatro tiros al aire.

Tanto clientes como artistas huyen despavoridos en busca de cobijo.

—Pero ¿qué es lo que ocurre aquí, que me vais a desconchar las paredes? —protesta el Gato, que se apura en salir de detrás de la barra con los permisos del local—. Mire, todo en regla, señor agente. Todo en regla.

El inspector pasa a explicarle la situación.

—Se nos ha informado que se está dando cobijo a un criminal en este establecimiento.

—¿Un criminal? Si aquí no hay más que putas y travestis, señor agente.

El inspector le enseña entonces una fotografía de Gabriel.

—¿Lo conoce? Se llama Gabriel Gorriti. Está condenado por robo, intimidación y pertenencia a bandas neonazis.

—¿Quién? ¿Heidi, la loba de los Alpes? —se sorprende el Gato—. Y yo que creía que lo había visto todo en la vida…

Las tres drags se vuelven hacia Gabriel sin ocultar su espanto.

—¿De verdad eres tú ese Gabriel? ¿Un neonazi?

—Claro que no. Yo me llamo Heidi.

El inspector advierte la presencia de Gabriel tras el escenario.

—¡Gabriel Gorriti, deténgase! —le ordena al tiempo que le encañona.

—Pues claro que eres Heidi. Heidi, la loba de los Alpes, y nosotras vamos a ayudarte. Y aunque hayas hecho algo malo en el pasado, se nota que te has reformado y que tienes derecho a una segunda oportunidad. ¿Quién no se ha confundido alguna vez y ha clamado por un poco de compasión?

—Todo eso es muy bonito, Dolly; ¡pero hay que darse prisa, que ya vienen! —advierte la Cachonda.

—¡Ay, sí! ¡Corramos, chicas! ¡Que estos al final nos empapelan a todas!

—¡Mariquita el último!

—Uy, pues yo ya me doy por presa.

—¡Callaos, coño! ¡Que no hay tiempo para bromitas!

Las drags conducen a Gabriel por los entresijos del local hasta los lavabos. La Cachonda se vale de su fuerza masculina y desmonta uno de los retretes sin aparente esfuerzo. A la vista queda un pequeño agujero por el que escabullirse.

—Chica, necesitas hormonarte, eh —le reprocha la Ligueros—. Hay que ver qué poco fina que eres. Le quitas glamur al grupo.

—Venga, dejaos de niñerías y huyamos —las apremia Dolly.

Sin perder un instante, Gabriel y las chicas se deslizan por el agujero hacia las alcantarillas.

—Hay que ver qué oscuro está esto.

—Pues enciende la linterna del móvil, so puta.

—Ay, tienes razón. Chica, qué malas son las plataformas para este terreno… Oye, ¿habrá ratas?

—Pues si en Albacete hay cabras…

Los cuatro travestidos atraviesan aprisa las cloacas hasta llegar a una intersección.

—Ahí tienes la salida a Sol, Heidi —le indica Dolly, señalándole una tapa de alcantarilla—. Pasarás inadvertida entre la gente disfrazada de la plaza.

—¿Adónde vais vosotras, chicas?

—Vamos a Montera, a ver si nos cunde la noche y nos sacamos unas perras. Adiós, Heidi, cariño. Mándanos una postal en cuanto llegues a los Alpes.

—Y que no se te olvide hablarle de nosotras a Pedro. Que aquí nos tiene para cualquier película —le recuerda la Cachonda.

—Descuidad, así haré. Le diré lo bien que os habéis portado conmigo.

—Oye, ¿qué te ha pasado en la piel? —le pregunta extrañada la Ligueros.

—¿Mi piel? No le pasa nada a mi piel —responde Gabriel, aunque sus brazos y buena parte de su cara han adoptado un tono tan colorido como los de un dibujo animado.

—Quién sabe, quizá sea algo alérgico. Deberías ir al médico a que te miren, que últimamente hay mucho cáncer de piel —le aconseja Dolly— Cuídate, cariño.

—Así haré. ¡Gracias chicas!

Gabriel observa a sus amigas marchar túnel abajo hasta que se pierden en la oscuridad. Acto seguido, trepa por unos hierros a modo de peldaños hasta la tapa de la alcantarilla. La empuja y asoma al exterior.

Una multitud hormiguea en esos momentos por Callao. La gente de los alrededores se sorprende al ver brotar del suelo la cabeza de Gabriel. No sin cierto apuro, el joven consigue aupar su voluminosa figura hasta la superficie. Raudo, baja por Preciados envuelto en su capa. No logra pasar desapercibido pese al embozo. A la altura del Corte Inglés, un agente le descubre y da la alarma por radio. Enseguida se persona el inspector García, junto a Bermúdez y a un pelotón de agentes.

—¡Deténgase, Gorriti! ¡Es una orden!

Gabriel hace caso omiso y corre hasta la Puerta del Sol. El gran abeto de luces y alambres plantado en mitad de la plaza hace que se detenga en seco.

—El susurro de los abetos —suspira emocionado al evocar las montañas.

—¡Alto ahí! ¡Deténgase! —insiste García desenfundando su pistola.

Gabriel no se lo piensa dos veces y corre hasta el abeto, por el que comienza a trepar.

—¿A qué espera? Suba tras él —ordena García a su oficial.

—Tengo vértigo, señor —se excusa Bermúdez.

El inspector refunfuña contrariado. También él padece de vértigo y no se atreve a trepar.

En cuestión de segundos, varias patrullas rodean el árbol ante el asombro de turistas y curiosos, que se arremolinan en torno y sacan fotos con sus móviles.

Gabriel en tanto ha alcanzado la cima del abeto.

—Gabriel Gorriti. No tiene escapatoria. Baje de ahí inmediatamente —le conmina el inspector a través de un megáfono.

En medio de la confusión, un hombre acompañado de la mujer de gabardina y gafas tintadas se abre paso entre la multitud y traspasa el cordón policial.

—¿Qué hacen? No pueden estar aquí —les amonesta Bermúdez.

—Tranquilos: Gabriel no representa ningún peligro, créanme —contesta el hombre con serenidad.

—¿Quién demonios es usted? —requiere García malhumorado.

El hombre muestra su placa identificadora.

—Soy Arturo Fernández, el director del proyecto Takahata.

—¿Proyecto Takahata? ¿Qué diablos es eso?

—Isao Takahata, creador de Heidi a quien debe su nombre el proyecto. Me refiero al creador del anime, no al del personaje, que fue invención de la escritora suiza Johanna Spyri, como todo el mundo sabe. Pero, no nos dispersemos con detalles superfluos…

—No, nos dispersemos y responda a mi pregunta.

—El proyecto Takahata es un proyecto de reinserción de delincuentes que pretende erradicar el odio de sus mentes e inculcarles paz, amor y buenos sentimientos. Extirpar sus ganas de matar y romper cabezas, hablando en plata. Tras exhaustivos análisis de los posibles modelos de conducta que pudieran servirles de referencia, consideramos que el personaje de Heidi era quien mejor representaba dichos valores. En un principio pensamos en Espinete como modelo, pero nuestros expertos advirtieron en sus púas un elemento potencialmente agresivo.

—¿Qué es lo que hacen exactamente?

—Una vez son trasladados a nuestro módulo, les implantamos unas lentes 3D que proyectan continuamente los 52 capítulos de la serie, hasta que nuestros expertos determinan si están en condiciones o no de ser reinsertados. Por megafonía no escuchan otra cosa que las sintonías de cabecera y cierre —en español y en japonés—, y además les hacemos participar en karaokes y cantajuegos, e incluso les forzamos a vestir con las ropas de Heidi, como ya ha podido observar. Todo ello para que sientan y respiren tal y como hace el personaje. No crea que escatimamos en esfuerzos. Nosotros mismos hemos adoptado los roles de los demás personajes. Muchos de nuestros trabajadores han tenido que tomar clases de interpretación para estar a la altura.

Inspector y oficial no dan crédito a lo que escuchan. El director continúa su exposición:

—La suma de todos estos esfuerzos, unida a la ayuda de ciertas drogas alucinógenas, han hecho que Gabriel vea el mundo con la inocencia y el candor propios de un dibujo animado.

—¿Y eso es legal? —pregunta Bermúdez.

—Bueno… ¿considera usted legal lo que hacen los delincuentes?

—No, pero…

—No se preocupe, pronto obtendremos el permiso del Gobierno y de las instituciones.

—Entonces, Gabriel… —infiere el inspector.

—Gabriel es uno de nuestros experimentos que se ha escapado de su pabellón. Tanto se ha impregnado de los sentimientos de Heidi, que ha desterrado por completo sus ansias de violencia y exterminio y las ha suplantado por la cándida ambición de regresar a los Alpes junto a su abuelito, hasta el extremo de fugarse para llevar a cabo su propósito. Gabriel está ahora reinsertado. Como ven, el proyecto funciona.

—¿Funciona? —exclama García alarmado—. ¿Se da cuenta de lo que ha hecho? Yo se lo diré: Ha hecho de él un ser indefenso ante los peligros de la sociedad.

—¿Indefenso? ¿Qué quiere decir? Para defender al ciudadano ya tenemos a la policía nacional y demás cuerpos del orden. Hemos creado al individuo perfecto para convivir en sociedad: bondadoso, pacífico, compasivo, honrado, generoso, libre, incorruptible. ¿No es por esto por lo que luchamos día a día usted y yo? ¿Por un mundo libre de criminalidad y delito? ¿Por un mundo mejor? Preferible será este Gabriel al skin-head que teníamos cuando llegó a la cárcel, ¿no cree?

—Para Gabriel no estoy seguro… Como le digo, lo ha dejado expuesto al egoísmo y a la maldad de las gentes. A que se aprovechen y hagan de él lo que quieran. Y ésos no son siempre delitos punibles; no en esta sociedad. Señor Fernández, tal vez su sistema de reeducación funcione en Japón; pero créame que España no está preparada aún para vivir en libertad. Hemos llegado a un extremo en que el hombre honrado es un inadaptado social, tanto como el criminal. Lo mejor para ambos es que vivan apartados.

—Entonces ¿qué sugiere que hagamos con Gabriel?

—¿A mí qué me cuenta? Yo no soy el responsable de resolver ese asunto. Pero no estaría mal bajarlo de ahí antes de que se rompa la crisma. Luego la autoridad competente tendrá que pensar una solución. Supongo que habrá que crear nuevos centros para personas como él.

—Ya lo han hecho, señor —interviene Bermúdez con ironía—. Se llaman manicomios.

Los dos hombres se vuelven hacia el oficial y le miran pensativos. Finalmente, Fernández toma el megáfono y se dirige hacia el fugado:

—Gabriel, soy yo, tu tutor: el señor Takahata.

—¿Señor Takahata? —pregunta García confundido.

—Todos los trabajadores del proyecto hemos adoptado nombres nipones —se explica el director, tras lo cual vuelve a dirigirse al joven—: Baja de ahí, Gabriel. Te ayudaremos.

A todo esto, Gabriel se ha transformado en un personaje de dibujos animados y rezuma inocencia por los cuatro costados.

—Señor Takahata… —se sorprende al reconocer a su mentor.

—Vamos, Gabriel, baja de una vez.

—No, no bajaré. He de volver a los Alpes con el abuelito.

Un alegre gorrioncillo revolotea casualmente a su lado. Gabriel suspira:

—Pichí… Si tuviera alas como tú podría volar hasta los Alpes. O mi columpio… Si lo tuviera, me columpiaría hacia una nube y viajaría hasta la cabaña del abuelo.

heidi3

En tierra firme cunde el desánimo:

—Me parece que tenemos para rato. Bermúdez, traiga café y bocadillos. De seguir así habrá que esperar a que acabe la Navidad y retiren el árbol.

—A la orden, inspector.

El señor Takahata no se da en cambio por vencido.

—Agente Sisuka —se dirige a su ayudante, la mujer de gabardina—: mis gafas y mi peluca, rápido. Ya está bien de tanta tontería.

El director se cala las gafas que la mujer le proporciona y cubre su cabeza con una peluca recogida en un moño. Simulando una voz estridente y desagradable que hace a los circunstantes taparse los oídos, vuelve a dirigirse hacia la copa del árbol:

—¡Adelaida! ¡Baja aquí ahora mismo!

Gabriel tiembla estremecido al sentir aquella entonación.

—¡Señorita Rottenmeier!

heidi7

—¡Baja te he dicho! No nos hagas esperar.

Gabriel no obstante se resiste y se abraza al abeto con mayor tesón.

—¡No, no bajaré!

—¡Adelaida!

—¡No, no y no!

—¡Maldita sea! —El señor Takahata se despoja de la peluca y la arroja al suelo con desesperación—. ¡De todos los presos de España nos ha tenido que tocar el más cabezota!

Su ayudante recibe entonces una llamada telefónica.

—Señor Takahata…

—¿Qué ocurre, agente Sisuka?

—Me informan que han cogido a otro fugado, señor.

—¿A quién?

—A uno que pretendía embarcar en un avión sin billete y llegar hasta Argentina. Lo han detenido en Barajas.

Una ocurrencia muy oportuna ilumina entonces la mente del director.

—Dígales que lo traigan. He tenido una idea.

Apenas un cuarto de hora después, un coche de lunas tintadas se presenta con el detenido. Se trata de un señor de barba y de cierta edad. No obstante, su piel es clara y colorida, y sus mejillas sonrosadas como las de un dibujo animado.

—¿Cómo te llamas, hijo? —le pregunta Takahata.

—Soy Marco, señor.

—Se llama Ramón Ruiz, señor —aclara la agente Sisuka—. Se trata de un condenado por estafa y corrupción que también fue elegido para formar parte del proyecto. Pertenece al pabellón Marco, señor.

El director toma al hombre del brazo y lo acerca hasta la base del abeto.

—¡Gabriel, mira a quién te he traído!

Al distinguir al dibujo animado, Gabriel se siente inmediatamente identificado.

—Baja del árbol, Heidi. Te harás daño —le aconseja el recién llegado.

—¡Oh! Conoce mi nombre —se dice Gabriel—. ¿Y tú cómo te llamas? —pregunta a continuación.

—Me llamo Marco y busco a mi mamá.

—Y yo a mi abuelito.

—Baja, por favor. Podemos ayudarnos mutuamente.

—¡Voy!

Gabriel baja del abeto conmovido. Ya en tierra firme, él y Marco se cogen de la mano.

—Juntos los encontraremos. ¡Vamos, Heidi!

—¡Vamos, Marco!

Marco da un silbido y al instante un mono tití de dibujos animados trepa hasta su hombro.

heidi2

La peculiar pareja desciende por la calle Arenal hacia el sol poniente, que comienza a ocultarse a espaldas del Teatro Real.

García esgrime sus esposas y hace ademán de ir a detenerlos. Bermúdez le disuade.

—¡Inspector, espere! Tal vez el mundo esté empezando a cambiar, ¡mire!

Un arcoíris de luz y esperanza colorea las calles y edificios al paso de los dos personajes. Los vecinos de las casas asoman a sus balcones y se impregnan de la generosidad y honradez que irradian Heidi y Marco.

Paralelamente, en Montera, la Dolly, la Ligueros y la Cachonda miran conmovidas al cielo, maravilladas por el suceso.

Frente a “La Almeja Blasfema”, Fermín el Gato se desembaraza de un individuo con el que altercaba y alza su mirada, igualmente emocionado.

—Tiene razón, Bermúdez —reconoce García—. Tal vez seamos nosotros quienes deberíamos aprender a vivir en libertad y seguir su ejemplo. Ellos son el futuro de una sociedad mejor.

El arcoíris de esperanza atraviesa la ciudad y se propaga a las demás ciudades. Al resto de países y continentes. Al mundo entero.

En el espacio exterior, un planeta Tierra de dibujos animados gira en mitad de una vía láctea regida por el orden absoluto. Señales de paz y armonía son transmitidas al universo entero.

-FIN-

ANÁLISIS:

Como has podido observar (y si no, te lo soplo:D) el relato se cuestiona si la sociedad realmente nos anima a ser personas honradas o no. Si bien castiga a sus delincuentes, tampoco nos alienta a ser personas realmente buenas o caritativas. Como dice el inspector García tras comprobar el cambio efectuado en Gabriel:

“Lo ha dejado expuesto al egoísmo y a la maldad de las gentes. A que se aprovechen y hagan de él lo que quieran (…) España no está preparada aún para vivir en libertad. Hemos llegado a un extremo en que el hombre honrado es un inadaptado social, tanto como el criminal. Lo mejor para ambos es que vivan apartados.”

¿Qué opinas? ¿Estás de acuerdo con esta reflexión?

Espero que te haya gustado el relato y aguardo ansioso tus comentarios.

¡Saludos!

© Miguel Rey

Anuncios

2 pensamientos en “PROYECTO TAKAHATA

¡Comenta, comenta!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s