PECADO ORIGINAL

 

PECADO ORIGINAL

Cuando el tren se detuvo en la estación, mi abuela Mirte esperaba ya en el andén. Me besó, orgullosa de ver a su nieto envuelto en su sotana, con la cruz colgada del pecho y su bonete angulado. Me llevó después hasta la parada del tranvía, en el que partimos hacia su casa de Rotterdam. El seminario para aspirantes al sacerdocio de Willemstad cerraba sus puertas durante la Navidad y, aunque me resultara triste decirlo, no tenía otro sitio en el que recibir la Pascua del Señor. Mi abuela era el único familiar que me quedaba con vida tras la muerte de mi padre, cuyo sentido estricto de la moral cristiana aún pervivía en mí y me martirizaba como un yugo.

Nana, que así era como cariñosamente llamaba a mi abuela, se excusó por no poder alojarme en la antigua habitación de mi madre, como solía hacer. “Humedades, hijo. Es lo que tiene vivir junto a un canal” —me dijo con voz cascada.

Avanzamos pues hasta el final del corredor y me enseñó la que sería mi habitación durante mi estancia en su hogar. Era algo menos estrecha que el resto de los dormitorios y estaba bien equipada, aunque no por ello resultaba acogedora. Un desapacible olor a humedad indicaba que debía llevar muchos años cerrada, pese al afán de mi abuela por acondicionarla.

—Perteneció a tu difunta tía. Aunque tú eso ya lo sabías, ¿verdad, Pastor? —me preguntó tras subir la persiana.

—Así es, Nana. Y no te preocupes por el cambio; aquí estaré bien.

—Buen chico. Se nota que el seminario ha hecho de ti un alma resignada y sufrida. Tu padre estaría orgulloso de ver el resultado de sus esfuerzos y de tu formación cristiana.

—Desde luego que sí, Nana.

—Mi niño lindo —dijo mi abuela acariciándome las mejillas—. Te dejaré a solas para que deshagas tu maleta. Te espero en el salón. Ya sabes que la cena es a las ocho.

—Descuida, no tardaré. Y gracias por todo, de verdad.

—Gracias a ti por venir a dar compañía a esta pobre anciana.

En cuanto me quedé a solas, dejé mi Biblia sobre la cama y me dispuse a desempaquetar mi equipaje para no hacer esperar a mi abuela. Lo cierto era que no me agradaba aquella habitación. Había algo en ella que provocaba mi más profundo temor.

Mientras desempaquetaba pensaba en mi tía Ingrid, sin atreverme a posar la mirada en la multitud de objetos que colgaban de las paredes para no excitar mi memoria. Mi pobre tía Ingrid, la oveja negra de la familia, a quien mi abuelo obligó a casarse tras dejarla preñada un bohemio de Zundert. Nos hacía creer a todos que era feliz. Y el caso es que siempre la recordaré sonriente, aun tras la muerte de su bebé —mi padre siempre dijo que aquello fue un castigo del cielo por su indecencia—. Pero ¿cómo iba a serlo? ¿Cómo iba a ser feliz alguien tan apartado de la fe y de la moral de Cristo? —pensaba por aquel entonces—. Me santigüé y rogué a Dios por su alma.

Prendida la mecha de la memoria, en mi mente concurrieron amargos recuerdos. Recuerdos que creía olvidados, pero cuyo dejo permanecía intacto. Imágenes en las que mi tía Ingrid me metía en su cama —aquella misma sobre la que había dejado la palabra de Cristo—, siendo yo un niño, y me contaba cuentos al oído y jugaba con ella bajo las sábanas. Aquello que a mis ojos de infante parecía sólo un juego —el amor de una tía hacia un sobrino—, entrañaba al parecer un grave delito. Aunque mi padre se encargó de encauzarme pronto por el buen camino y de enseñarme a ser un alma temerosa de Dios.

Avergonzado tras la evocación de tan desagradables recuerdos, me apuré en ordenar mi equipaje para reunirme cuanto antes con mi abuela. Mientras me desabotonaba la sotana para cambiarme de ropa, me vi reflejado en el espejo del tocador. Pensé entonces que también mi tía debió haberse contemplado ante él en infinidad de ocasiones para lucir sus encantos. Fue entonces cuando la vi por primera vez. Allí estaba, a mis espaldas, encajonada en una hornacina sobre el cabezal de la cama, suplantando el lugar de la Virgen. ¿Cómo había cometido Nana la imprudencia de olvidarla en el que iba a ser mi dormitorio? La muñeca me miraba fijamente a través de sus ojos de cristal.

Al volverme hacia ella, tropecé con un voluminoso objeto arrumbado bajo el tocador. Me agaché y aparté la sábana que lo recubría, aunque ya antes de hacerlo supe de qué se trataba: de la majestuosa casa de madera y cartón que formaba parte de la colección a la que pertenecía la muñeca.

Me incorporé sobresaltado cuando mi abuela entró de vuelta en la habitación.

—¿Qué ocurre, Pastor? ¿Va todo bien? —me preguntó al ver que me demoraba.

—No es nada, Nana. Ya termino.

Mi actitud y mi gesto pálido extrañaron a la mujer. En cuanto advirtió la casa y la muñeca, comprendió mi turbación.

—Lo siento mucho, Pastor. No recordaba el miedo que te causan las muñecas —se excusó compungida—. La encontramos el verano pasado mi doncella y yo, cuando removíamos la casa en busca de ropa vieja para la parroquia. Clara, mi doncella, me dijo que aquí estaría bien y aquí la dejamos.

Mi abuela no exageraba. Sentía verdadero pánico hacia las muñecas, hacia sus rostros inexpresivos carentes de alma. A que pudiesen cobrar vida y vinieran a hablarme.

—Lo cierto es que es una muñeca muy bonita —continuó Nana—. El pelo es de tu propia tía, ¿sabes? —Todo su rostro guardaba un parecido asombroso con ella, a decir verdad—. Es uno de los pocos recuerdos suyos que conservo. Dios la tenga en su gloria. —La abuela se santiguó—. Si quieres, puedo llevármela a otra habitación.

Pensé en pedirle a Nana que, por favor, así hiciese. Después de tanto tiempo en el seminario, donde, por supuesto, no admitían muñecas ni cualquier otro chisme perturbador, aquello era todo un reto para mí. No obstante, cambié de idea. Como decía el reverendo Jochum, el rector de nuestro seminario, no era bueno que nuestra alma se dejase dominar por el miedo. En ocasiones había que plantarle cara y medir la fuerza de nuestra fe. Al fin y al cabo, era el propio Dios quien nos sometía a tales pruebas.

—No hace falta, Nana —respondí al cabo—. Déjala donde está.

Durante la cena, mi abuela me puso al corriente de sus quehaceres diarios, así como de su insufrible soledad y de los achaques propios de la vejez. Se interesó a su vez por mi vida en el seminario, y me preguntó si comía bien. Respondí que sí para no inquietarla, aunque la austeridad a la que éramos sometidos en Willemstad no sólo debía reflejarse en mi espíritu, sino en mi rostro pálido y demacrado. La abuela se congratuló asimismo por la perspectiva de poder contar con un sacerdote en la familia, y me reveló sus ansias de verme celebrar la eucaristía en su parroquia.

—Pronto, abuela, muy pronto —le aseguré, tomándola de la mano.

El año siguiente sería mi año de pastoral —último de mi formación como seminarista—, en el que abandonaría Willemstad y marcharía a vivir a su parroquia gracias a la intercesión del padre Diederick, el párroco de la vecindad.

Me encontraba realmente cansado tras el viaje, así que Nana me excusó para que me fuera a dormir. Eso sí, hube de prometerle a cambio que, al día siguiente, tras la Nochebuena, cantaría villancicos con ella para recibir al Señor con la alegría y la emoción de espíritu debidos.

Fue todo un contratiempo cuando, de regreso en la habitación de mi tía, se me despabiló el sueño al toparme de nuevo con el rostro pálido y enigmático de la muñeca. Su mirada estática parecía no apartarse de mí un instante. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Sin atreverme a dirigirle la mirada una vez más, apagué aprisa mi candil y me arrebujé entre las sábanas.

Avergonzado de mis temores, me encomendé a Dios y pedí perdón por mi escaso valor hasta caer rendido entre rezos.

A medianoche, me desvelé. Acostumbrado a la austeridad de mi celda y a su frío purificador, encontré que las mantas con las que había querido complacerme mi abuela me acaloraban hasta el extremo de encenderme la sangre. Al desarroparme, cometí la imprudencia de dirigir la mirada hacia el espejo del tocador. Sobre su deslucido cristal se reflejaba el brillo de unos ojos que me miraban sin pestañear.

Permanecí largos minutos petrificado por el espanto. La muñeca parecía mantenerse al acecho, como si fuera a abalanzarse sobre mí en cualquier momento. Casi podía sentir sus jadeos sobre mi cabeza. Mis temores aumentaron, azuzados por la oscuridad, mala consejera de la fe. Gracias a que hallé nuevos bríos en la oración, tuve el arrojo de volverme hacia ella y agarrarla tímidamente de un brazo. Sentí entonces el roce de sus pechos acariciarme el costado. Me di cuenta de que estaba sudando. Caminé sigilosamente hasta el armario y la guardé en su interior. Después regresé a la cama, pero no pude conciliar el sueño. No podía dejar de pensar en la muñeca; en sus ojos abiertos y resplandecientes, ansiosos por provocar mi turbación; en su piel marmórea y suave; en sus senos puntiagudos y en sus labios encarnados.

Creí entonces escuchar un susurro procedente del armario. Un susurro que me llamaba y que pronunciaba mi nombre como nunca antes había oído hacerlo.

—Pastor, Pastor… Ven, no tengas miedo. Levántate y ven a jugar conmigo —suplicaba la muñeca con voz de seda—. Lo estás deseando, Pastor. Ven, ven a jugar conmigo, anda.

Lo más terrorífico era que podía seguir viendo el brillo de sus ojos reflejado en el espejo. Aferrado a mi rosario, me levanté asustado y prendí el candil. Aunque la luz invadió de nuevo la estancia, sólo me tranquilicé cuando comprobé que ésta permanecía en silencio y que la muñeca no se hallaba en la hornacina. Pensé entonces que debía haber sido un engaño de mis sentidos, excitados por la oscuridad de la noche. Así y todo, no me atreví a abrir la puerta del armario y comprobar que la muñeca seguía allí.

A la mañana siguiente desperté cansado, apenas había podido dormir. En cuanto recordé el motivo, me volví hacia el armario. Envalentonado por la luz del día, giré la llave de su cerradura y abrí su puerta. Me sorprendió ver que la muñeca no se hallaba en su interior, ni en ningún otro rincón de la habitación. Abandoné el cuarto extrañado, aunque traté de olvidar el suceso. Al fin y al cabo, nada de lo ocurrido había sido real. O al menos así creía.

Al entrar en la cocina, Nana me dijo que llevaba tiempo despierta. Me preguntó si había pasado buena noche y respondí que sí —una mentira piadosa no entristece los ojos de Dios—. Le comenté que incluso había pasado un poco de calor, por lo que le devolvería la manta que me había proporcionado con tanta atención. Nana se extrañó por mi respuesta. La habitación de mi tía daba al lado norte y era de las más frías de la casa.

—En fin —dijo al cabo—. Ya veo que te han acostumbrado a una vida de sacrificios. Puedes guardar la manta en el arcón de mi dormitorio, si de verdad crees que no te hará falta.

Antes de obedecer, quise asegurarme de que mis temores habían sido infundados.

—Nana, ¿escuchaste algo extraño anoche? —consulté a mi abuela disimulando mi preocupación.

—¿Algo extraño? ¿A qué te refieres, hijo?

—A ruidos… Voces procedentes de mi cuarto. ¿Oíste algo?

—No oí nada, Pastor; aunque ya sabes que tengo el sueño muy pesado.

—Es igual, Nana. No te preocupes. Seguro que no es nada.

No era mi intención alarmar a mi abuela, así que zanjé la conversación y fui a guardar la manta, sin presagiar lo que ocurriría cuando abriese el arcón. Allí estaba la muñeca, contemplándome desde las entrañas del mueble.

Nana entró en la habitación en ese instante, preocupada aún por mis sospechas recelos.

—Abuela, te dije que no hacía falta que te la llevases —le recordé con cierto reproche.

—Ya lo sé, cariño, pero entré en tu cuarto mientras dormías y, al ver que la habías guardado, supuse que tenías miedo. Y yo lo que quiero es que estés a gusto aquí, Pastor.

Pensé ciertamente que tal vez aquello fuese lo mejor. Después de todo, resultaba poco procedente que un seminarista como yo compartiera dormitorio con una muñeca.

—No te preocupes, Nana. Has hecho bien —tranquilicé a mi abuela—. Perdóname por haberte entristecido.

Nana me acarició el rostro con dulzura.

—Mi niño querido, qué orgulloso estaría tu padre de ti.

Orgulloso estaría, sin duda, de ver cómo mi alma había muerto al mundo, a la carne y al demonio para vivir la vida de Cristo y ser un alter Christus, como nos inculcaban en el seminario. Como orgulloso había estado después de la prematura muerte de mi madre tras el parto y ver que consideraba a la Virgen como madre única y a Cristo el hermano de aquellas mismas entrañas, santas e incorruptibles al pecado, pese a los esfuerzos de tía Ingrid por llevarme consigo y apartarme de la severidad paterna.

Al mediodía, salí a hacer unos recados que Nana me encargó para la Nochebuena. Al pasar junto a la parroquia, aproveché para saludar al padre Diederick, el párroco, a quien llevaba un año sin ver. Me dijo que ya tenía dispuesta una habitación, allí en la parroquia, para mi año de pastoral, la cual había provisto con una estantería repleta de las vidas de santos, que tanto interés me suscitaban.

—Haces bien en seguir su ejemplo, Pastor. Recuerda que no existe vida más gratificante que la eclesiástica; y que la iglesia necesita almas víctimas que inmolen su vida en un claustro, entregadas a una existencia de silencio, oración y penitencia para reparar el pecado de la humanidad y hacer propicio el rostro de Dios.

—Así es, padre.

Cuando regresé con el encargo —medicamentos para mitigar los achaques de mi abuela— los efluvios de la gallina que se asaba en el horno impregnaban la cocina y buena parte de la casa. La economía de la abuela no era ni mucho menos precaria, pero comer faisán en Nochebuena era un privilegio al alcance de muy pocos en una Holanda que aún sentía las secuelas de la guerra.

A la hora de la cena, Nana y yo nos felicitamos las Pascuas y celebramos con alborozo el advenimiento de nuestro Señor. Noté que sus ojos se humedecían al recordar lo poblada que antaño estuvo la mesa. Ahora en cambio éramos ella y yo sus únicos comensales. Nana interrumpió su cena para tomar una fotografía de un velador cercano. Era un retrato en el que aparecían ella y su difunto esposo, junto a mi madre y mi tía Ingrid.

—El tiempo, querido niño, se los fue llevando uno a uno a la tumba —dijo, enjugándose las lágrimas.

Al posar mi mirada en el retrato, rogué a Dios por los que ya no estaban entre nosotros. No pude en cambio dejar de preguntarme cómo pudieron ellos, mis deudos, así como la gente en su mayoría —antes, ahora y en todas las épocas— formar una familia y exponerse al pecado, en vez de decantarse por una vida casta y de salvación.

—En fin —continuó Nana como si me hubiese leído el pensamiento. Sus dedos acariciaban ahora el rostro de su querida hija Ingrid—. Que Dios nos acoja en su seno y nos perdone, porque no somos más que humanos. A ti también, Pastor querido, aunque por tu bondad no lo parezcas. Al fin y al cabo, somos todos hijos del pecado original.

Noté que me sentía indispuesto tras escuchar aquello. La sensación se agravó cuando recordé que, aquella misma noche hacía mil novecientos cuarenta y nueve años, la Virgen María estaría pariendo sin dolor al Unigénito, al Dios único, al que jamás podría compararme. Pensé en mi verdadera madre, a la que creí muerta tras el parto como castigo a su pecado. Y me sentí sucio, tan sucio como ella.

Nana pensó que mi indisposición se debía a la abundante cena, algo a lo que mi austeridad no me tenía acostumbrado. Me sirvió una infusión y me dio permiso, una noche más, para retirarme a mi habitación. Ella por su parte aún se sentía con ánimos para asistir a la misa del Gallo. Una vez se hubo asegurado de que me había restablecido, se despidió de mí y marchó.

De vuelta en el dormitorio de mi tía, me sentí aliviado al no ver a la muñeca en la hornacina. Aproveché para devolver a su lugar una imagen de la Virgen que encontré arrumbada en el fondo de un cajón, y recé un rosario.

No obstante, cuando apagué las luces y me metí en la cama, me arrepentí de haberme quedado a solas en la casa con la muñeca. “No hay por qué preocuparse” —pensé para calmarme. Ella estaría encerrada en el arcón, bajo llave, y allí debía seguir. Su mirada penetrante no me incitaría a tener miedo. Tuve aun así intención de echar el pestillo y encerrarme en la habitación; pero después me avergoncé de mi flaqueza, y me decidí a dejar la puerta abierta por si Nana necesitaba de mi ayuda durante la noche.

Antes de dormirme, pedí a la Virgen por que no me repudiase por mis faltas, y volví a encomendarme a su favor: “Protégeme, Madre. Protégeme y no permitas que el pecado me arrastre” —Y tras así suplicar, lamenté que el resto de las mujeres no fuesen como ella.

Me pareció entonces escuchar la puerta de casa entreabrirse y a Nana atravesar el pasillo tras regresar de la iglesia. Transido de temor, dudé si la muñeca seguía realmente en el arcón o no. De si Nana le habría echado la llave, o su mala memoria se lo habría hecho olvidar. “Mejor que no lo haya hecho —me dije al cabo—. Mejor demostrar que no la temo, porque lo mucho temido acaba por volverse realidad.”

Antes de que mis ojos se cerrasen me despabiló un crujido, que mi miedo descifró como el de la tapa del arcón al entreabrirse. “Tal vez Nana haya sentido frío y se haya levantado a por una manta” —me dije. Pero tanto mi pulso como mi respiración se aceleraron a partes iguales.

Trataba aún de convencerme de que ningún mal me amenazaba, cuando sentí cómo la tarima del pasillo gemía bajo el peso de unos pies diminutos. Alcé la mano para alcanzar mi rosario, el cual había dejado sobre la repisa de la hornacina, pero golpeé accidentalmente la imagen de la Virgen, que cayó al suelo. Su estrépito al partirse me heló la sangre. “¡Dios misericordioso, apiádate de mí!”

Sentí a continuación que las pisadas atravesaban el umbral y penetraban en mi alcoba. Me volví hacia la entrada. En mitad de la penumbra, una silueta de unos dos palmos de altura articulaba sus extremidades hacia mí y se detenía junto a mi cama. El misterioso brillo de sus ojos hizo que dejara de escuchar los latidos de mi corazón.

Retemblando de pavor, prendí el candil. Parecía increíble, pero no había nadie en la habitación. O al menos así creía, aunque enseguida noté que un bulto yacía a mi costado. Sus extremidades, frías como el mármol, se rozaban con las mías en mi propio lecho. Dirigí la luz del candil hacia el otro lado de la cama y vislumbré la estampa de mi difunta tía, tumbada a mi lado. Su piel era pálida y mortecina, como la de la muñeca, pero provocaba la excitación de todos mis sentidos.

—Pastor, Pastor. Ven a jugar conmigo —me susurraba con el fuego de la lascivia ardiendo en su mirada—. Ven, abrázame; no tengas miedo.

Seguidamente, rió con descaro y extendió sus brazos alrededor de mi cuello. No pude resistirme a su abrazo.

—Pastor, Pastor. Ven a jugar bajo las sábanas —continuó hablando—. Lo estás deseando, Pastor. Ven, ven a jugar conmigo. No tengas miedo.

Mi tía Ingrid me envolvió bajo su frondosa melena y me besó entre mechones de pelo oscuro y retorcido. Fue un abrazo efímero como un estertor, execrable como una blasfemia, mortal como una cuchillada. Según me rozaron sus labios, noté que su cuerpo se descomponía entre mis brazos y que la piel se le caía a pedazos. Todo se redujo a polvo. Todo, salvo mi cuerpo.

Desfallecido, caí dormido. No fue en cambio un sueño profundo. Extraños pensamientos y pesadillas hicieron que me revolviera en la cama y sudara excitado. Atemorizado, corrí a buscar el amparo de mi abuela; a que me librara con el arrullo de su voz de mis terribles congojas.

Por increíble que resultase, mis zancadas no me llevaron hasta el pasillo tras atravesar el umbral, sino que fui a parar a uno de los pisos superiores de la casa de muñecas. Sentí entonces que me movía con torpeza, como si mis articulaciones hubiesen perdido su plasticidad. Con estupor me contemplé en un espejito que colgaba de una pared. Mi cara, mis brazos, mi cuerpo entero estaban hechos de porcelana. Me había transformado en la muñeca de mi tía Ingrid.

Seguidamente, oí cómo la puerta principal de la casita se entornaba.

—¡Cariño, ya estoy en casa! —anunció una voz que me resultó muy familiar.

Comprobé entonces que me hallaba en el dormitorio. Salí al pasillo y me asomé a la barandilla. Abajo, en el vestíbulo, yo mismo, Pastor, el seminarista, aguardaba impaciente. El deseo y la lujuria inflamaron sus pupilas en cuanto su mirada se posó sobre la mía, es decir, sobre la de la muñeca de porcelana.

Pastor subió las escaleras a trancos, encendido por el deseo. Quise escapar, pero aquel muchacho lujurioso me agarró por la cintura y me condujo de vuelta al dormitorio. Se desnudó y se abalanzó sobre mí. Traté de resistirme, pero nada pude hacer por contenerle. Me levantó las faldas, rasgó mis enaguas y no se detuvo hasta que sació su apetito entre exclamaciones y gemidos.

—¡No, nooo! —supliqué al sentir el ardor de su aliento sobre mi espalda, que babeaba en su desenfreno.

La imagen de la Virgen, que colgaba de una pared, me miraba con decepción. Avergonzado, caí de rodillas ante el seminarista, derramando lágrimas como una Magdalena hasta que perdí el conocimiento.

Cuando desperté, vi que me hallaba en la cama de mi tía. Todo había sido una horrible pesadilla, fruto de mis temores. Una pena degradante me atravesó el alma al ver que había manchado las sábanas.

Abochornado, salí de casa y corrí hacia la iglesia a confesar mi pecado. Desahogué mi culpa y esperé en uno de los bancos a que el primer tañido de campanas quebrase la tranquilidad del alba y diera comienzo la misa de Navidad. En un nacimiento cercano a una de las capillas, el Niño, el verdadero hijo de la Virgen, me miraba con lástima desde la cuna de su humilde portal. Aquellos pequeños ojos penetraron mi alma como lo habían hecho los de su Madre la noche previa.

Concluida la eucaristía, el padre Diederick tomó al Niño y lo ofreció a los fieles para que besaran sus pies. Pero mis sentidos, aturdidos aún por la gran culpa que me consumía, me hicieron creer que aquél al que el párroco sostenía en brazos era el hijo bastardo de mi tía Ingrid —el mismo que yo había concebido la víspera, fruto del pecado heredado de Adán—, que ahora el cura exponía ante los fieles para mi escarnio, y que sollozaba, consciente de su condición humana.

Hui de la iglesia con la culpabilidad inscrita en la frente. Culpable era de haber errado mi camino de perfección. De no poder considerarme un alter Christus y alcanzar una vida de santidad, como todos a mi alrededor me habían animado a desear. Nana tenía razón: después de todo, también yo era hijo del pecado. También yo había salido del útero de una mujer.

En cuanto regresé a casa, expresé a mi abuela mi intención de partir aquel mismo atardecer. Haría noche en la habitación que me tenía reservada el padre Diederick y marcharía al día siguiente hacia el seminario, en el primer tren de la mañana. No podía permanecer una noche más en aquella casa, necesitaba escapar, huir, cobijarme en mi celda.

Mi abuela se extrañó enormemente por mi urgencia. Al verme tan azorado, me preguntó si me había ocurrido algo. Le dije que no tenía de qué preocuparse, que simplemente no era bueno que mi alma austera se habituase a las comodidades que me dispensaban sus cuidados, por lo que necesitaba regresar. A fin de cuentas, Clara, su doncella, retomaría su trabajo al día siguiente y no se quedaría sola en la casa. Mi respuesta no sanó su extrañeza, pero tampoco quiso entrometerse en mis deberes espirituales, por lo que no indagó más.

Tal y como planeé, partí a la mañana siguiente hacia Willemstad. Faltaban aún varios días para el reinicio de las clases, pero al menos mi celda estaría disponible tras la Navidad.

Cuando llegué, había ya anochecido. Me sentí reconfortado al verme de vuelta en la austeridad de mi aposento. Ayuné para mortificar mi alma y me dispuse a dormir en el suelo, era lo menos que podía hacer.

Continué mortificándome durante semanas. La última noche del curso, a poco ya de abandonar el seminario y considerarme sacerdote, me di cuenta de que mis esfuerzos resultaban en vano. Jamás sería digno de aquella vida de santidad que tanto ambicionaba. Lo único que había conseguido durante mi estancia en Willemstad había sido camuflar algo que estaría siempre conmigo, amenazándome como el hacha de un verdugo.

Aquella última noche, la oscuridad sumía la celda por completo. No obstante, aún pude distinguir aquellos ojos brillantes reflejados en el cristal de la ventana. Por más fuerte que apretaba los párpados, seguían acechándome sin compasión.

-FIN-

ANÁLISIS:

Como has podido observar (y si no, te lo soplo:D) el relato describe las fatales consecuencias que tiene el tratar de imponer nuestras creencias. Fatales porque, además de no lograr el objetivo deseado (más bien consiguen el opuesto), trastornan al individuo que padece tal imposición.

¿Crees que la sociedad ha cambiado? ¿Que se ha hecho menos represiva y autoritaria, o que simplemente han cambiado las creencias que trata de imponernos y la forma de hacerlo? La anorexia se puede ver como el resultado de una de estas imposiciones veladas.

¿Qué opinas? ¿Cuál más ves tú?

Espero que te haya gustado el relato y aguardo ansioso tus comentarios.

¡Saludos!

© Miguel Rey

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